COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Corpus Christi

Adorado y amado sea Jesús

Estamos celebrando la solemnidad del Corpus Christi, del Santísimo cuerpo y Sangre de Cristo. La denominación nos puede parecer un exceso para aquel que nació en un establo de Belén, fue conocido como el hijo del carpintero de Nazaret y murió en una cruz como un maldito.
Hay una sensibilidad que considera un exceso el modo de adorar el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se ha ido fraguando a lo largo del tiempo. Es un exceso los ostentorios o custodias que sirven para mostrar el Pan consagrado, signo de Cristo, por ejemplo, las que se utilizan en la procesión del Corpus en Toledo o Sevilla (España), que enseguida traen a la mente “las riquezas de la Iglesia”.
Para esta sensibilidad, tales manifestaciones, más que mostrar al Jesús del Evangelio, velan su imagen y hasta escandalizan. Más en estos tiempos en que nosotros nos vamos enterando que existe la pobreza; antes también existía, pero siempre era “más allá del mar” (aunque fuera a 15 km, que es la distancia que separa Europa de África).
A esta sensibilidad, entre tanto oro y tanta plata le cuesta reconocer el Cuerpo de aquel a quien despojaron de sus vestiduras, por haber sido solidario de aquellas personas a las que se les había despojado su dignidad.
Es verdad que es un exceso que se haya guardado tantísimo respeto y veneración a Jesús sacramentado en el sagrario y, a la vez, en ocasiones nos hayamos olvidado de las personas empobrecidas, sacramento de Cristo.
Pero es de justicia reconocer que entre nosotros el exceso ha ido en la dirección contraria: desde el modo bastante inconsciente en que hemos desacralizado tiempos y lugares hasta la banalizado de la presencia de Cristo en la eucaristía. Ahora tenemos que inventar métodos que nos ayuden a recuperar el silencio. Tenemos que habilitar espacios propios en los que se pueda trabajar la interioridad. Tenemos que dotarnos de recursos pastorales donde los jóvenes cristianos se puedan juntar para que se puedan reconocer (no me refiero a la JMJ, sino a algo más sencillo que se está haciendo en nuestras diócesis).
Ahora hasta tenemos que sacralizar personas concretas. Si hubiéramos comenzado esta celebración con una procesión de entrada con el Santísimo, y a alguno de los presentes hubiera dicho: “viva Jesús sacramentado”, probablemente se nos harbía escapado más de una mirada de sorpresa. Si hubiera entrado Messi, y a alguien alborozado hubiera dicho: “tú eres Dios”, tal vez lo habríamos integrado de forma más natural. ¡Qué alegría me dio el Papa Francisco hace un par de semanas cuando en el encuentro con los nuevos movimientos eclesiales dijo: “Todos vosotros habéis gritado en la plaza ‘¡Francisco, Francisco, Papa Francisco!’ Pero, ¿Jesús dónde estaba? Yo habría querido que gritaseis: ¡Jesús, Jesús es el Señor, y está en medio de nosotros! De aquí en adelante, nada de ‘Francisco’ sino ‘Jesús’”. Ojalá le hagan caso, y en la JMJ de Río se oiga: “esta es la juventud de Cristo”, que decíamos algunos en la JMJ de Madrid, aunque apenas se escuchaba entre las atronadoras voces que gritaban: “esta es la juventud del Papa”.
Es curioso, la adoración eucarística nos puede sonar a un espiritualismo trasnochado, a una espiritualidad poco entroncada con la vida. Sin embargo, nos parecería que estamos al último grito, en cuanto a moda espiritual se refiere, si estuviésemos mirando al infinito, o con los ojos cerrados, o con los ojos fijos en un punto imaginario a un metro de nosotros, o al propio ombligo, y permaneciéramos así por sesiones de veinticinco minutos o una hora. Eso sí que sería ser moderno. Más moderna aún, si esa práctica lo desvinculáramos de cualquier sentido religioso.
La adoración eucarística es una práctica devocional que nos invita a poner “fijos los ojos en Jesús”. Hoy es más necesario que nunca que no seamos autorreferenciales. El Papa Francisco se lo dice a la Iglesia, pero la Iglesia somos todos: no podemos ser autorreferenciales, nuestra referencia ha de ser Jesús. Mirar a Jesús sacramentado nos puede ayudar a salir de nosotros mismos, para centrarnos en él, para renovar esperanzadamente nuestro querer configurarnos con él.
He de reconocer que la adoración eucarística en mí tiene ecos positivos. Es un modo de oración en el que me siento cómodo. Me ayuda a entrar con “determinada determinación” en la oración. Lo descubrí antes de haberme sentido llamado a la Vida Religiosa, en Sicar, la casa de espiritualidad que tenían las Esclavas del Sagrado Corazón en Valladolid (España). Fue mi primer retiro serio como joven-adulto, también en eso de ser cristiano. Diez días, acompañado por cuatro Hermanas que estaban en aquel momento en la casa y con el Santísimo permanentemente expuesto en la capilla. No sé si fue experiencia fundante, pero sí que fue fundamental en la encrucijada de caminos en la que me encontraba en aquel momento.
Corpus CrhistiLa adoración también es entrañable para mí, por ser parte del lema del P. Luis Querbes, fundador de los Clérigos parroquiales o Catequistas de San Viator: “Adorado y amado sea Jesús”. Adorar y amar; actuar y contemplar; orar y comprometerse;… don y tarea. Binomios inseparables que integraban una sana espiritualidad cristiana.
El contrapunto a una espiritualidad hueca o vacía, bien porque no tenga referencia a Dios, bien porque se olvide de la persona, nos viene de la mano del pasaje evangélico que se proclama en este día del Corpus Christi.
A la multiplicación de los panes y los peces le precede un breve texto que nos dice cuál era la actividad de Jesús: hablar del Reino de Dios y curar a los que lo necesitaban. Este breve texto nos dice cuál era el estilo de Jesús.
Ante una misma realidad, en este caso problemática, como la que le presentan a Jesús, hay diferentes modos de afrontarla: desentenderse o implicarse.
Desentenderse, que es la actitud que adoptan los Doce (casi nadie: ¡¡los Doce!!). Desentenderse, aunque sea dando buenos consejos sobre lo que se debería hacer para solucionarlo: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado”. Podemos aplicarlo a la crisis económica y financiera y las soluciones que se están aplicando.
Otro modo de afrontar la situación es el propuesto por Jesús: implicarse, implicando a los demás. No se trata de buscar protagonismos, de ser el más listo en la búsqueda y ejecución de las soluciones. Jesús pone en marcha una dinámica que posibilita una solución-salvación entre todos. Una solución-salvación que es aportar por la solidaridad: “dadles vosotros de comer”. Una solidaridad que se acoge como don, “alzó la mirada al cielo”, que se comparte, “se los sirvieron a la gente”, y que obra el milagro, “comieron todos, se saciaron y sobró”.
La espiritualidad que surge de la celebración del Corpus Christi, no es una espiritualidad desencarnada, porque sería una contradicción en sí misma. Pero, por si cabe alguna duda, lo digo con palabras más autorizadas que las mías, las que dijo el papa Francisco con ocasión de la canonización de la Madre Lupita de México y de la Madre Laura Montoya de Colombia: “quien acaricia a los pobres, toca la carne de Cristo”.
En el Santísimo Sacramento del altar y en el Santísimo Sacramento del pobre: adorado y amado sea Jesús.

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