COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Santísisma Trinidad

Somos imagen y semejanza del Dios trinitario

Después de la fiesta de Pentecostés, en la que recordábamos la efusión del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros; su presencia en la comunidad cristiana, en la Iglesia; su acción más allá de ella, en nuestro mundo; hoy celebramos la solemnidad Santísima Trinidad.
Hablar de la Santísima Trinidad siempre nos pone en guardia, porque es un misterio que nos desborda. Tratamos de explicarlo y siempre nos quedamos insatisfechos, porque, efectivamente, supera nuestra capacidad de comprensión y de expresión.
Sin embargo, el misterio de la Santísima Trinidad en la práctica lo hemos interiorizado de forma natural. De niños aprendimos a santiguarnos en “el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Se dijeran en voz alta o baja, se verbalizaran o no esas palabras, desde pequeños aprendimos a ponernos bajo el amparo del Dios Uno y Trino: al despertar, al acostarnos, al comienzo de la comida o de cualquier celebración, al salir de casa o al comenzar un viaje, incluso al pasar delante de la iglesia o cuando nos cruzábamos con un coche fúnebre,… cualquier momento y circunstancia era adecuada para hacer la señal del Dios en el que creemos.
El confesar a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo no es una invención de la teología para complicar el acceso a la fe o para hacer ésta más incomprensible, cuando no irracional. Lo confesamos así porque es como nos ha sido revelado en la Palabra de Dios y, de manera especial, en Jesucristo. En ese sentido, el texto del evangelio de este día es paradigmático.
El Dios único, también así confesado por las otras religiones monoteístas, no es un Dios solitario, sino que es un Dios solidario: un Dios comunión de personas. Dios nos manifiesta su propia vida hacia adentro. Un Dios de relación y comunicación, que se desborda hacia fuera y nos propone su estilo de vida.
Las primeras páginas de la Biblia nos hablan de un Dios creador. Un Dios que no vive para sí mismo, sino que es un Dios que quiere entrar en relación. Un Dios que se extraña de sí mismo, sale de sí y comunica lo que es: Vida. La esencia de Dios es trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Su manifestación es la de ser un Padre creador, un Hijo salvador y un Espíritu Santo vivificador. Trinidad: misterio de un Dios que se hace presente en la historia creándola, sosteniéndola, salvándola, vivificándola.
A imagen y semejanza de Dios hemos sido creados. Con esto queremos decir que nuestro pensar, nuestro querer y nuestro actuar está configurados según el pensamiento, el querer y el actuar de Dios. Y que sólo somos felices cuando nuestro pensamiento, nuestro querer y nuestro actuar se adecúan a los de de Dios. Somos imagen y semejanza del Dios solidario: estamos llamados a la comunión, no a la ruptura o la soledad; estamos llamados a la comunidad, no al individualismo.
trinidadLa Trinidad es Dios-comunión desbordándose, saliendo de sí mismo. Así ha de ser el estilo de una Iglesia, Comunidad y llamada a la Comunión, a la que le confesamos su carácter trinitario: Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.
El Papa Francisco nos está recordando una y otra vez que la Iglesia no puede ser autorreferencial, que no puede estar encerrada en sí misma, porque enfermaría, porque corre el riesgo de quedarse ensimismada, sino que tiene que salir de sí misma, de manera especial a las periferias de la humanidad.
Se lo dice a toda la Iglesia. Nos lo dice a toda la Iglesia: a cada uno de las comunidades cristianas, a cada una de las cristianas, a cada uno de los cristianos. Tenemos que construir la comunión.
Tenemos que estar en estado de misión. Lo que vivimos dentro lo que tenemos que comunicar hacia afuera. No estamos solos en el empeño. Dios se implica con nosotros, porque como nos recuerda san Pablo en la carta a los Romanos, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
Lo recordábamos el domingo pasado, con ocasión de la celebración de Pentecostés: el Espíritu Santo no hay que pedirlo, hay que acogerlo; hay que reconocerlo operante en nosotros; tenemos que dejarle que se manifieste en nuestras obras. No tenemos ningún derecho a reservarnos el don de Dios que se nos ha regalado. No es propiedad privada nuestra. Lo tenemos que poner al servicio de la Humanidad. Hay demasiada privatización en nuestra sociedad, como para que también nosotros entremos en esa misma dinámica… y precisamente con Dios.
Comunión que desborda las fronteras de la comunidad cristiana. Misión que brota de su entraña más profunda. Así es como somos imagen y semejanza del Dios trinitario.

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