COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Pentecostés

 Pentecostés: regalar el don recibido

Si el día de Pascua la Iglesia gritaba jubilosa: ¡Ha resucitado, la muerte ha sido vencida! ¡El Padre ha hecho justicia resucitando a Jesús de entre los muertos! Hoy la Iglesia vuelve a cantar jubilosa, porque empieza a comprender qué significan esas palabras. Hoy es la Iglesia entera la que se abre a una vida nueva: la que trae el Espíritu Santo.
Estamos celebrando la fiesta del Espíritu Santo. Lo prometido por Jesús, ya ha acontecido. No estamos solos. Lo que pedíamos en oración, “ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”, ya nos ha sido concedido. No estamos vacíos. La promesa toma cuerpo en cada uno de los creyentes. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado. Ya somos templo del Espíritu Santo.
Podemos afirmar que más que pedir el don del Espíritu Santo, hay que acogerlo. Ya se nos ha dado en el bautismo, tenemos que reconocerlo y agradecer el don. Ya está operante en nosotros, tenemos que dejarle que se manifieste en nuestras obras, para visibilizar que, efectivamente, estamos habitados por el Espíritu de Jesús.
A pesar de que todo esto lo sabemos, a pesar de que todo esto lo creemos, tal vez nos ocurra como a la comunidad primitiva, que estemos atemorizados ante un ambiente que se nos antoja hostil, que seamos incapaces de confesar nuestra fe en Jesús a plena luz del día y que nos refugiemos en el lugar seguro que habitualmente suelen ser nuestras comunidades.
Si nos parecemos a la primitiva comunidad antes de haber recibido la efusión del Espíritu Santo, que nos parezcamos a ella en su ardor misionero después de aquella experiencia, que ya ha acontecido en nosotros: que nos empeñemos como ella en regalar el don recibido.
Después de la ascensión de Jesús, de su retorno al Padre, y a pesar de que les había sido prometido que no se quedarían solos, que les enviaría desde el Padre el Espíritu Santo, encontramos a los apóstoles invadidos por la duda y del desánimo. La experiencia de la ausencia de Jesús se ha hecho fuerte en ellos, y no les permite salir de sí mismos, de sus miedos y de sus nostalgias. Están paralizados en lo que fue la vida junto a Jesús, incapaces de reconocer la vida nueva que brota de su propio interior, precisamente por eso, por haber conocido a Jesús. Encerrados en sí mismos, son incapaces de compartir, de regalar el don que han recibido.
La presencia del Espíritu Santo le hizo experimentar a la primera comunidad algo nuevo. Sus inteligencias comenzaron a entender de un modo nuevo todo lo acontecido a y en Jesús. Sus corazones quedaron transformados e iluminados con una luz nueva. El mundo ya no era un espacio hostil, sino una oportunidad para dar a conocer a aquel que daba sentido a su vida, aquello por lo que merecía la pena comprometerse: el sueño de Dios sobre la historia, por el que se entregó Jesús, estaba en marcha y tenía futuro. La presencia del Espíritu Santo, que habían recibido como don, no la pueden retener solo para ellos, se sienten impulsados a regalar lo que gratuitamente han recibido: al mismo Jesús.
pentecostésEl Espíritu Santo les hizo audaces para proclamar la Palabra de Jesús. El Espíritu Santo les dio fortaleza para mantenerse firmes en la confesión de la persona de Jesús.
El Espíritu Santo está en la Iglesia y en cada uno de nosotros, como nos lo ha recordado recientemente el Papa Francisco. Dios está en nosotros y con nosotros. Está en nuestras manos para que podamos construir una sociedad más justa. Está en nuestras mentes para que podamos reflexionar sobre lo que es bueno y lo que es verdadero. Está en nuestro corazón para que podamos elegir lo que lleva a la vida y al amor. Está en nosotros y nos pertenece: lo recibimos de Dios para regalárselo al mundo.
El Espíritu Santo está en cada uno de nosotros, está en la Iglesia, comunidad de los que queremos confesar, con nuestra palabra nuestros gestos, la fe en Jesús. Pero el Espíritu Santo desborda nuestro corazón y desborda las fronteras de la Iglesia.
El Espíritu Santo vivificador está sosteniendo la fe y la esperanza de muchas personas, que no encuentran razones objetivas ni para seguir creyendo ni para seguir esperando. El Espíritu Santo está animando el amor de muchas personas que, sin confesar explícitamente al Dios Amor, trabajan por liberar a las personas de todo aquello que les oprime. El Espíritu Santo está actuando en las personas que se arriesgan a amar: en la fidelidad a la pareja, en la entrega desinteresada a la prole, en la acogida incondicional al hermano de comunidad, al compartir su existencia con los empobrecidos de nuestro mundo, al comprometerse en la denuncia de la injusticias que se dan en nuestra sociedad…).
El día de la Ascensión fuimos enviados a todo el mundo, con la misión de hacer presente a Jesús. Hoy recordamos que se nos ha dado la fuerza para cumplir esa misión. En Pentecostés celebramos que el Espíritu Santo nos impulsa a regalar el don que hemos recibido.

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