COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Séptimo Domingo de Pascua – Ascensión del Señor

 Enviados/as para hacer presente a Jesús

Hoy se nos presentan dos versiones muy distintas sobre un mismo hecho. Ambas están escritas por un mismo autor: el evangelista Lucas. En el evangelio, la ascensión de Jesús ocurre el mismo día de Pascua. En Hechos de los Apóstoles, sin embargo, hay un periodo de cuarenta días entre ambos acontecimientos. Es como si, en esta segunda versión, Lucas nos quisiera decir que necesitaron un tiempo para comprender, a la luz de la resurrección, lo que fue la vida histórica de Jesús; como que necesitaron repasar todas las enseñanzas de Jesús, sus obras y palabras, con luz nueva. “Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios”.
“Se les presentó dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo”. Jesús siempre está presente y vivo en la vida de los creyentes y en la vida de la comunidad, de la Iglesia, aunque a veces no nos enteremos. Jesús está vivo. Vive en ti y vive en mí y en ti. Vive en medio de nosotros, asamblea reunida para celebrar la Eucaristía. Vive donde dos o tres estamos reunidos en su nombre. Vive, cuando, dóciles a su Espíritu, nos empeñamos en hacer presente el Reino de Dios.
La presencia de Jesús la tenemos asegurada siempre. También en los momentos de prueba y dificultad, cuando parece que Dios se nos esconde. En esos momentos en que también a nosotros nos sale el lamento, hecho oración en boca de Jesús: “¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”
Dios no se ausenta de nuestra vida. En ocasiones las nubes no nos dejan verle, pero está. Nos ha dejado su Espíritu, que es la memoria de Jesús, como nos lo recordaba el evangelio del domingo pasado: “el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. El Espíritu Santo es como el chip de Dios que nos han puesto en el bautismo. ¿Cómo lo tenemos? ¿En “on”? ¿En “off”? ¿En “standby”?
En ocasiones nos cuesta reconocer la presencia de Dios en nuestra vida, porque como decía san Agustín, es lo más íntimo a nosotros mismos. Ése es un camino que nos cuesta recorrer: hacia nosotros mismos. Eso es una dificultad más para confesar su presencia.
En estos tiempos inciertos que nos están tocando vivir (son los únicos tiempos que han conocido millones de personas en los países empobrecidos), y acostumbrados como estábamos a poner nuestra seguridad en el desarrollo y en el bienestar material, nos vamos quedando sin referencias seguras en la tierra y desentrenados para acoger las que se nos regalan desde el cielo.
A los discípulos de Jesús también les costó reconocer la presencia del resucitado. Necesitó cuarenta días. Sabemos que lo de los cuarentas días es algo simbólico. Es un número que aparece en repetidas ocasiones, tanto en el Antiguo Testamento como en los evangelios. De suyo, cuarenta días no es mucho tiempo para acoger la novedad que traía la vida, muerte y resurrección de Jesús. Han pasado dos mil años, y andamos, incapaces de acoger el Reino de Dios inaugurado por Jesús.
Sin embargo, esa es la misión que se nos ha encomendado: dar testimonio de Jesús y como Jesús, acoger y anunciar el Reino de Dios.
Anunciar con nuestra palabra y con nuestros gestos que la Humanidad tiene futuro, porque ya, aquí y ahora, está habitada por el Espíritu del Resucitado. Somos invitados a llevar la esperanza por medio de la palabra a tantos hombres y mujeres que hoy necesitan escuchar “buenas noticias”. En el anuncio de la fe tendremos que usar todos los medios que estén a nuestro alcance. Es bueno recordarlo hoy, día en que se celebra la Jornada Mundial de los medios de comunicación. El lema nos recuerda que las redes sociales también son, pueden ser si nos hacemos presente en ellas, portales de verdad y de fe, nuevos espacios para la evangelización. No podemos quedarnos al margen de esta realidad, nuestros niños y jóvenes, adultos cristianos del futuro, ya son nativos digitales. Tenemos que hacer caso a la palabra de Jesús: a vino nuevo, odres nuevos. También se puede aplicar a las tecnologías de la información y de la comunicación.
Somos enviados a proclamar nuestra fe y el Reino de Dios por medio de nuestros gestos: llevando bendición a las personas más cercanas, con las que nos relacionamos cada día. Que puedan percibir en nuestras obras el Dios bueno que nos habita, el Dios que quiere el bien para todas sus hijas e hijos.
También somos envidos a anunciar nuestra fe en las Samarias modernas, a aquellos lugares hostiles a la fe. La hostilidad puede venir por la palabra, los que se empeñan en querer demostrar la inutilidad de la fe, el sinsentido de creer. Pero la hostilidad puede venir de leyes injustas, por ejemplo, las que impiden el derecho a la vida. Pero también de otras que van contra la libertad religiosa, como las que se están poniendo en marcha en muchos países de Europa, también en España (y que se pueden hacer realidad, si es que nos quedamos de brazos cruzados y no lo impedimos), contra las personas que quieran vivir el evangelio, “fui extranjero y me acogisteis”. Ser cristiano, sin mirar para otro lado, puede ser castigado con pena de cárcel.
Ascensión del SeñorLa festividad de la Ascensión nos recuerda que nuestra última morada, la vida definitiva, está junto a Dios. A la meta del cielo se va por el camino del amor, el recorrido por Jesús. Somos sus seguidores. La promesa de Dios ya se ha realizado en Jesús. Mientras peregrinamos a la casa del Padre, la tierra y la historia son nuestro compromiso.
“Vosotros sois testigos de esto”, nos ha dicho Jesús en el evangelio. La Ascensión supone un relevo en la misión. Es la hora de la Iglesia. Hoy se apaga el Cirio Pascual, símbolo del Resucitado. Nosotros tomamos el testigo. Ahora nos toca a nosotros hacerle presente a Jesús.

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