COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Cuarta semana de Cuaresma

Dejarnos acoger por Dios

Ante relatos como el de hoy, la mejor actitud es el silencio. Silencio para favorecer la acogida de la Palabra de Dios. Acogerla y dejarle que nos transforme por dentro: en nuestros pensamientos, en nuestras actitudes, en nuestras acciones, en todo aquello que deba ser evangelizado. Esto es lo que nos hemos propuesto en nuestro arciprestazgo para esta cuaresma en la que celebramos el año de la fe: “Volver al Evangelio”.

Es un pasaje para ser contemplado, para ser acogido en lo más profundo de nuestro ser, desde un respetuoso silencio. Cuando empezamos a destriparlo, empieza a perder toda su fuerza estética -literaria- y todo su vigor evangélico: ser buena noticia.

Es evidente que este relato lo podemos leer e interpretar desde la perspectiva del padre. Esta parábola que durante muchos años se le ha llamado del “hijo pródigo”, del hijo derrochador. Hoy en día se le suele llamar “la parábola del Padre misericordioso”. Porque el protagonista fundamental es el padre. Un padre con entrañas maternas. Un padre que se conmueve. Un padre al que la suerte de sus hijos no le deja indiferente. Tampoco le deja indiferente tomar conciencia de que su sola presencia, el amor que les tiene, parece que no es suficiente fuente de felicidad para sus hijos.

El hijo mayor también ha cobrado protagonismo. Su actitud es conocida. El clásico inhibido, sumiso, incapaz de hacer la aventura de la libertad. Nunca se fue de casa, pero siempre se sintió como en tierra extraña, más cuando vuelve su hermano y no entiende la reacción de su padre. No es el padre autoritario que él se había imaginado, sino un calzonazos al que se le puede hacer hasta la cosa más horrible, como es desearle la muerte al pedirle la herencia: siempre perdona. Obediente y cumplidor ha terminado por ser un resentido. Ha sido incapaz de vivir desde la libertad del amor de su padre.

El hijo menor tiene un protagonismo especial. El clásico hijo rebelde, adolescente que necesita conquistar su autonomía frente al adulto, y no lo sabe hacer más que por el camino de la ruptura. Necesita cortar el cordón umbilical hasta con la distancia física. Como ocurre tantas veces, la vida deviene contradictoria: quería disfrutar de la vida y acaba sufriendo la soledad, el hambre y el fracaso más absoluto. El camino de la libertad le ha alejado del amor de su padre y le ha llevado a la esclavitud.

A continuación solemos comentar que supo reaccionar a tiempo, que reconoció su error humano y su pecado desde el punto de vista religioso. Los más duros siempre ponen bajo sospecha la verdadera razón para el regreso: más motivado por la necesidad que por el amor que siente por su padre.

Más allá de las razones que tuvo para regresar es bueno que nos fijemos en la actitud con que regresa. Se encamina a la casa paterna humillado y hundido, pero no convertido. En el fondo sigue empeñado en exigirle a su padre, en decirle lo que debe hacer, en indicarle el camino que debe seguir, en pedirle que haga su voluntad. Antes lo hizo pidiéndole la herencia. Ahora quiere hacerlo pidiéndole que no le considere hijo, sino siervo. Quiere ponerse a la altura de su hermano el mayor, que se ha vivido a sí mismo ante su padre más como siervo que como hijo. No se le pasa por la cabeza que se puede recibir el perdón con dignidad. Pareciera que solo desde la humillación y la indignidad uno es merecedor del perdón de aquel que ha sido ofendido.

4ª semana de cuaresmaJesús con esta parábola nos indica que con Dios las cosas no funcionan así. No es la humillación del pecador lo que le redime, sino el amor incondicional de Dios. Creo que de esto podemos tener experiencia personal en las mismas relaciones humanas: solo el amor redime. El perdón ofrecido desde el amor, lejos de humillar a la persona a la que se le concede, le ayuda a recuperar su dignidad y a reconocerse valiosa por sí misma, más allá de lo inadecuado de sus actos.

Jesús con esta parábola nos recuerda a los fariseos y escribas de todos los tiempos, que somos más, mucho más, que nuestra debilidad y nuestro pecado: somos hijas e hijos de Dios. Eso es lo fundamental. Si queremos convertirnos, si queremos volver al Evangelio, tenemos que recordar que también en nuestro pecado, sobre todo en él, debemos dejarnos acoger por Dios.

Nota: Esta reflexión ha querido centrarse en la clave “dejarse acoger”, sugerida por la Comisión de liturgia

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