COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Segunda semana de Cuaresma

Volver al Evangelio, escuchar a Jesús

El relato de la transfiguración, colocado casi al comienzo de la cuaresma, ilumina cuál es nuestra meta: la Pascua, que se consuma en la muerte y resurrección de Jesús.

El evangelio de hoy no está en continuidad textual con el evangelio del domingo pasado, en el que se nos narraban las tentaciones de Jesús. No está en continuidad textual, pero sí que podemos sacar de ambos una misma conclusión: la vida de Jesús fue una búsqueda constante de la voluntad de Dios.

En el desierto Jesús tuvo que discernir cuál era el modo de comprometerse con el sueño de Dios sobre la historia, con el Reino de Dios. Allí descubrió que no era mediante el poder económico, político o social como se acogía y se construía el Reino, sino a través del servicio solidario a las personas marginadas y empobrecidas. En el monte de la transfiguración a Jesús se le confirma que verdaderamente ése es el camino, que no está equivocado.

Jesús tiene sobrados motivos para sentir la necesidad de discernir. Está al final de una etapa: su ministerio en Galilea. A lo largo del tiempo que ha estado en su tierra se ha encontrado con unos pocos partidarios y con muchos detractores. No le está resultando fácil que la gente entienda su proyecto de salvación y el modo de llevarlo a cabo. Tampoco sus amigos y seguidores entienden que la liberación ofrecida por Jesús tenga que atravesar por el aparente fracaso y la oscuridad de la cruz.

Poco antes de dirigirse al monte de la transfiguración, Jesús les ha preguntado a sus discípulos qué decía la gente sobre él, con quién le identificaban. También les ha pedido que ellos se definan, que le digan quién es él para ellos. Estas preguntas no son fruto de un interés intelectual, sino del deseo de Jesús de saber si están captando el sentido profundo de su estilo de vida, si están entendiendo algo de sus opciones y de su forma de actuar. También necesita preguntárselo al Padre.

Si al desierto se dirigió solo, impulsado por el Espíritu Santo, al monte se dirige acompañado por algunos de aquellos que empiezan a compartir su destino, aunque sea torpemente. Parece como que Jesús necesitara de testigos. Allí recibe la confirmación por parte del Padre: está en el buen camino, aunque aparentemente le conduzca al fracaso y la muerte. Como un nuevo Moisés tiene que hacer la travesía del desierto, si quiere conducir a su pueblo a la liberación. Como un nuevo profeta se tiene que mantener en fidelidad al Dios de la Alianza para poder sostener la fe del pueblo en el Dios de la promesa.

Jesús entiende lo que se le pide. Sus acompañantes no se enteran de nada, sólo quieren retener ávidamente aquel momento de paz y de gloria: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Moisés y Elías ya se habían marchado, pero ellos estaban a lo suyo. Ellos quieren seguir su propio relato de lo que tendrían que ser las cosas. No están en actitud de escucha y de obediencia. No es de extrañar que tronara la voz del cielo que los sacara de aletargamiento y de sus miedos: “Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle”.
La tentación que acechó a Pedro, Santiago y a Juan, es la tentación que nos puede acechar a cada uno de nosotros: una vez que nos hacemos un hueco en la vida, una vez que lo nuestro y los nuestros están seguros, queremos que nos dejen en paz, que nos dejen tranquilos. No queremos que nos metan en líos. Pero ése no fue el estilo de Jesús.

El evangelio nos invita a escucharle, es decir, a tener las mismas actitudes y preocupacionessegunda semana de cuaresma que tuvo Jesús, sobre todo por aquellas personas que nadie se preocupaba, y cuando lo hacían era para marginarlas. El evangelio nos invita a que miremos a nuestra sociedad, que miremos más allá de nuestro ombligo personal, familiar o de clan, y tomemos conciencia de que no podemos decir “qué bien se está aquí”, mientras haya gente que quede excluida de esa situación, más aun si está en nuestras manos poder evitarlo. Volver al Evangelio, que es nuestro objetivo como arciprestazgo, es escuchar a Jesús. Escucharle en el grito de tantas personas crucificadas en nuestra sociedad. Escucharle en la impotencia de tantas voces silenciadas. Escucharle en su Palabra.

Lo que decimos a nivel personal, lo podemos decir como comunidad cristiana, a nivel eclesial. Nos lo ha recordado el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la cuaresma de este año: “La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios”. La existencia cristiana es un continuo proceso de conversión, de volver al evangelio, de escuchar a Jesús. Escucharle en las voces de aquellas personas que dentro de la misma comunidad dicen “ya no tengo fuerzas”. Escucharle en la impotencia de tantas voces que en silencio gritan: tenemos que volver al Evangelio, tenemos que escuchar a Jesús.
Siguiendo con los elementos que formaran el monumento del Triduo Pascual, hoy colocaremos tres casitas, en referencia al evangelio de hoy. Nos recuerdan la tentación permanente del individualismo, personal, colectivo o eclesial, que nos puede acechar. Una y otra vez tendremos que volver al Evangelio. Una y otra vez tendremos que escuchar a Jesús.

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