COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Primera semana de Cuaresma

Tenemos que volver al Evangelio

El miércoles pasado, con la imposición de la ceniza, dimos comienzo al tiempo de cuaresma. Recordamos el lema y motivo elegido en nuestro arciprestazgo: “Volver al Evangelio”. El signo para el día de hoy será poner la Palabra dándonos la espalda. Según pasa la cuaresma la iremos girando, indicando con ello el camino que debemos seguir en la cuaresma de convertirnos, de volver a Dios y a su Palabra. En sentido estricto, más que mover el libro, tendríamos que movernos nosotros, girar poco a poco la capilla, para que se fuera situando en la dirección en la que se puede leer la Palabra. Me diréis que eso es imposible, que es muy complicado, que… tenéis razón: es imposible, complicado,… ¡cómo la conversión!.
La liturgia del miércoles de ceniza nos recordó los medios que nos ayudan a la conversión: el ayuno, la limosna y la oración. Esos medios nos ayudan a vaciarnos de nosotros mismos, de todo aquello que no nos humaniza, y nos pone en disposición de hacerle hueco a Dios nuestra vida o, si preferís de otra manera: tomar conciencia de que somos habitados por Dios y que debemos actuar en consecuencia.

Los más jóvenes podéis traducir los medios que nos propone la tradición de la Iglesia:
El ayuno tiene que ver con el decrecimiento, es decir, con la opción voluntaria y consciente 1semana de cuaresmade renunciar al consumismo, en ocasiones hasta irracional, que nos hace evadirnos de nosotros mismos. Terminamos siendo un engranaje más del mercado. De suyo somos su producto final, porque todo está pensado para que seamos consumidores. La invitación que nos hace el evangelio es a que no busquemos fuera la satisfacción que tendríamos que encontrar dentro de nosotros mismos. Convertirnos significa volver a nosotros mismos.
El ayuno tiene que ver con el modo en que nos relacionamos con nosotros mismos. La primera tentación que se le presentó a Jesús fue la satisfacción inmediata del deseo, pero Jesús vivía desde otra clave: había un deseo mayor que polarizaba su existencia: hacer la voluntad de Dios, que se le revela en su Palabra.

La limosna tiene que ver con la solidaridad, con el modo en que nos relacionamos con el mundo. Tiene una parte muy gráfica, que es la de “vaciar nuestros bolsillos”. Vaciarnos de lo que nos impide ser nosotros mismos para entrar en contacto con el mundo, con la otra persona, de manera especial con la que está en necesidad. Al vaciarnos de lo que poseemos, no de lo que somos, nos ponemos a la altura de la otra persona. No soy más que la otra persona. Somos iguales por naturaleza. Lo que nos podría diferenciar, que es el tener, queda igualado al compartir. Así, poco a poco, vamos haciendo un mundo más justo, con una distribución más equitativa de la riqueza. Convertirnos significa volver al prójimo.
La limosna tiene que ver con el modo que nos relacionamos con el mundo. La segunda tentación que se le presenta a Jesús es la de transformar el mundo desde el poder, conseguido a cualquier precio. Creo que no hace falta que os ponga ejemplos de esto y de las consecuencias que eso trae. Si a alguna persona no le viene ningún ejemplo, que me los pregunte al final de la eucaristía o que pase delante de un quiosco y se fije en la portada de los periódicos, que seguro que hoy tampoco nos libramos. Frente a la tentación de poder a cualquier precio, Jesús vivió desde otra clave: el servicio solidario a las personas
marginadas y empobrecidas, porque ese había sido el modo de actuar de Dios con el pueblo elegido, tal y como se podía leer en las Escrituras. A Jesús el modo de actuar de Dios y la voluntad de Dios se le revela en su Palabra.

La oración tiene que ver con nuestra relación con Dios. Hay expertos en sociología de la religión que afirma que una religión empieza a desaparecer cuando los creyentes dejan de orar. Hoy se precisa una verdadera ascesis para no olvidar este aspecto tan fundamental de nuestra vida que la relación con Dios a través de la oración. Hay tantas cosas urgentes a las que tenemos que dar respuesta, hay tantas cosas importantes que ocupan nuestras vida, hay tanta oferta banal que nos entretiene, hay tanta vida ajena televisiva que nos divierte, hay tanto espectáculo que nos deslumbra, hay tanto mundo virtual que nos encandila, hay tanto… que finalmente la relación con Dios en la oración se nos hace cuesta arriba. En ocasiones tiene que aparecer una necesidad personal o familiar que nos recuerde que necesitamos urgentemente de Dios para que nos solucione algo urgentemente, aunque sea de forma llamativa y extraordinaria.

La tentación que se le presentó a Jesús fue la de poner a Dios a su servicio. Nuestra tentación puede ser olvidarnos de Dios o recordarlo sólo cuando lo necesitamos para ponerlo a nuestro servicio. Toda la vida de Jesús la vemos referida a Dios por el compromiso, pero también por la oración y, en todo momento y lugar, guiado por su Palabra.

La tentación permanente es olvidarnos de nosotros mismos. Tenemos que volver al Evangelio. La tentación permanente es olvidarnos del prójimo. Tenemos que volver al Evangelio. La tentación permanente es olvidarnos de Dios. Tenemos que volver al Evangelio. La tentación permanente es olvidarnos del Evangelio. Tenemos que volver al Evangelio.

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