COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Quinta semana del Tiempo Ordinario

Por tu Palabra, echaré las redes

El evangelio de este domingo comienza contrastando dos situaciones. Por un lado, la gente que se agolpaba alrededor de Jesús. Por otro, los pescadores que estaban lavando las redes.
De suyo, el que unos pescadores estén lavando las redes no tendría mayor importancia, si no supiéramos que están en esta actividad después de haber estado bregando toda la noche inútilmente.
Contrasta, por tanto, el éxito de Jesús, al que se agolpaba la gente, con el fracaso de aquellos pobres pescadores, que estaban lavando las redes desde la frustración y la decepción, desde el sentimiento de insatisfacción por no haberse cumplido sus expectativas de pescar por lo menos para asegurar el sustento.
La decepción es un sentimiento que se está extendiendo entre nosotros, en nuestra sociedad.
Teníamos muchas expectativas. Pensábamos que el Estado de bienestar nos iba a satisfacer todas nuestras necesidades, las de todos y para siempre. Para siempre ya estamos viendo que no. La de todos ya hemos visto que no ha sido nunca, los más vulnerables siempre se han quedado al borde del camino, y siempre han recogido las migajas que caían de nuestras mesas, hasta que hemos decidido que las migajas también son nuestras y solo para nosotros. Por si fuera poco, hemos sido conscientes de que el tener las necesidades básicas cubiertas no ha asegurado nuestra felicidad. Con este panorama, la decepción puede dar paso al escepticismo.
Si a eso le añadimos una situación económica incierta, porque no sabemos si avanzamos o retrocedemos. De suyo en economía no sabemos qué es bueno, si avanzar o retroceder, ahorrar o gastar.
Por si fuera poco, la clase política también nos ha decepcionado. No se trata de señalar a nadie. Pero hemos de reconocer que se ha instalado la sospecha de que gobernar, al nivel que sea, es sinónimo de corromperse y que lo que tendrían que ser controles democráticos no funcionan.
Otro tanto ocurre si miramos hacia el lado de la justicia. Ayer mismo una educadora me mostraba su decepción e impotencia. Un alumno suyo, inmigrante para más señas, acaba de cumplir su mayoría de edad, por lo que ingresará en prisión por acumulación de hurtos menores. No le parecía mal que se aplique la ley, si ha delinquido. Lo que no ve es la proporción entre el delito de esa persona y otros delitos que probablemente queden impunes.
Nos podemos frustrar, decepcionar y hasta indignarnos, pero quedarnos ahí, parados, lavando nuestras redes.
Si miramos a nuestra realidad eclesial el panorama no es mejor, en cuanto a la decepción que se puede estar instalando entre nosotros, cristianos de la vieja Europa. Tal vez nunca había hecho la Iglesia un esfuerzo evangelizador como el realizado los últimos decenios. Hemos de reconocer que los frutos son más bien escasos, por lo menos si los medimos por el número de personas jóvenes que frecuentan las celebraciones dominicales, por ejemplo.
Sabiendo que la asistencia al culto dominical no es el test de medida de vivir la fe y de coherencia evangélica.
La oferta no puede ser mayor: desde el despertar religioso, la catequesis a padres y madres con hijos recién nacidos, hasta las catequesis a las personas que quieren recibir la unción de enfermos.
Hace cincuenta años no era necesario entrevistarse con los padres y madres que solicitaban el bautismo para sus criaturas. A los pocos días solicitaban el bautismo. Alguien podrá objetar, “pero, ¿sabían a qué se comprometían?”. Igual que ahora.
Lo mismo se puede decir de la catequesis de infancia, que de alguna manera también era familiar, ya que eran los padres y las madres los que se encargaban de que el niño o la niña se aprendiera el catecismo. Había una diferencia fundamental, a los padres no había que insistirle tanto en la importancia de la celebración dominical. Eso iba de suyo.
Ahora parece que, en el mejor de los casos, la relación con la Iglesia, con la comunidad cristiana, va de sacramento en sacramento: Bautizo, eucaristía, confirmación (si la recibe), matrimonio (si es que hace algún compromiso, por el rito que sea), y de ahí la misa-funeral. En cada uno de los sacramentos se les insiste en la necesidad de la vinculación a la comunidad cristiana para poder alimentar la fe. Raramente perseveran un tiempo después de haber recibido lo que se considera un servicio más, un producto más de consumo.
No es mejor el panorama entre aquellas alumnas y alumnos que han estudiado en colegios católicos, o en escuelas públicas y cursando la asignatura de religión. Si se me apura, poca diferencia hay, en cuanto a la práctica religiosa, no digo en cuanto a los valores, que la familia sea católica y practicante o no. De hecho, una de las fuentes de frustración y decepción de algunos padres y madres es que las siguiente generación, aunque puedan ser muy buenas personas, no quieran saber nada o poco con la Iglesia.
Si además, al mirar a la realidad eclesial, echamos un vistazo a los noviciados y seminarios o la edad de las personas que participan en comunidades de base o grupos de referencia, la cosa se agrava.
Visto este panorama también nosotros podemos decir como Pedro: “Maestro, hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada”. Y quedarnos ahí, parados, lavando nuestras redes.
Este evangelio me evoca el logo del año de la fe. La barca sobre las olas. No es puerto seguro, sino en alta mar. El mástil es la cruz. Pero no es una cruz desnuda. El IHS, monograma de Cristo, hace de velas. La fuerza no nos viene de la cruz, sino del crucificado, resucitado por el Padre. Y finalmente, lo que parece el sol, y representa la Eucaristía.
La eucaristía es vida entregada hecha servicio. La eucaristía es más, mucho más, que una celebración cultual, es la celebración de la vida en el contexto del memorial de la vida de Jesús, que pasó haciendo el bien, y que en obediencia entregó su vida hasta el final.
Como hemos dicho, el monograma le pone rostro a la cruz. La Iglesia vive de la presencia de su Señor en ella. Le podremos encontrar en otros sitios, porque los rostros humanos, sobre todo de los empobrecidos, se nos hacen sacramento del Hijo de Dios. Pero también la Iglesia, como nos lo recuerda el Concilio Vaticano II, es sacramento del encuentro y de la salvación de Dios.
Estamos con Cristo en la barca de la Iglesia. También a nosotros nos dice: “Rema mar 5ª semana TOadentro y echad las redes para pescar”. A pesar de que todo nos habla de frustración y decepción, a pesar de que hasta las palabras se han corrompido, a pesar de que parece que el mensaje evangélico no tiene eco, a pesar de todas las noches pastorales, tenemos que fiarnos de Jesús: “Por tu palabra, echaré las redes”.
Es probable que nos invada un sentimiento de indignidad, como le invadió al profeta Isaías, de sentirse impuro; o a Pedro, de sentirse pecador; o al mismo Pablo, como hemos escuchado en las diferentes lecturas de hoy.
Es probable que si nos miramos a nosotros mismos y el fruto que da nuestros intentos de conversión personal, nos quedemos parados, en la orilla, lavando nuestras redes. Sin embargo, Jesús, nos invita a “remar mar adentro”, a hacer la aventura como ciudadanos en la Iglesia y como cristianos en el mundo. No es confusión. Sólo nos queda una respuesta: “Por tu Palabra, echaré las redes”.

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