Domingo de la trigésima segunda semana del Tiempo Ordinario
Sólo se nos pide darnos
La Palabra de Dios de este domingo nos presenta a dos viudas pobres. El elogio que hace Jesús a la viuda del evangelio, nos puede llevar a fijarnos en seguida en ella, y en su talante espiritual, y a olvidarnos de la situación real de las viudas en tiempos de Jesús y a olvidarnos de la viuda de Sarepta.
No sé si somos conscientes de la situación existencial por la que pasaba aquella mujer: no sólo se sabía condenada a morir de hambre, sino, lo que es peor, más doloroso para una madre, estaba esperando la muerte de su hijo. ¿Qué rondaría por la cabeza y el corazón de aquella mujer cuando se le acerco el profeta Elías? ¿Qué preferiría, morir primero ella para no sufrir el dolor de ver cómo moría el fruto de sus entrañas o, por el contrario, preferiría que muriera primero el hijo para que así su agonía fuera menos penosa? Fuera lo uno, fuera lo otro, no deja de ser una situación realmente trágica.
Podemos pensar que esa es una situación que se daba hace más de 2.500 años, cuando se escribió el libro de los Reyes, o en la época de Jesús, pero que ya no se da en nuestro mundo. Nada más lejos de la realidad. Es una situación que alcanza cada vez a más personas en nuestro mundo, es una situación que cada vez tenemos más cerca, si es que no se encuentra ya entre nosotros.
No tomar conciencia de ello y pasar rápidamente a la viuda del evangelio y su talante espiritual, tal vez sea traicionar el espíritu del evangelio y el talante de Jesús.
En medio de la crisis económica y financiera que amenaza a gran parte de la humanidad, de manera especial a los países empobrecidos, de los que no se habla porque se da por supuesto que es la situación natural en la que están acostumbrados a vivir, nos dicen que las 500 personas más ricas tienen tanto dinero como 470 millones de pobres. Redondeando, como se dice ahora, una sola persona acumula la cantidad de riqueza de un millón de pobres.
Si estos datos son ciertos y al escucharlos no nos indignamos internamente, incluso llegamos a expresarlo externamente, si nuestra conciencia se queda tranquila, algo serio le está pasando a nuestra propia humanidad, algo grave le está pasando a nuestra experiencia creyente, a la vivencia de la fe, nos tendríamos que preguntar si el Dios en el que creemos es el Dios revelado en Jesucristo: un Dios a favor del pobre, que hace que hace que “la orza de harina no se vacíe ni la alcuza de aceite no se agote” incluso para aquella que no le ha confesado como Dios con sus labios, pero que se ha fiado de la palabra del profeta.
Ésa es la actitud que parece alabar Jesús en la viuda del evangelio: su confianza en Dios. No alaba su generosidad. También los ricos eran generosos, bien claro nos lo dice el evangelio. También algunos ricos son generosos actualmente. Tan generosos que llegan a ser noticia en los medios de comunicación. Nos dicen la cantidad que entregan. No analizan cuál es el origen de esas ganancias. Tampoco que nuevas ganancias le proporcionará su acto de generosidad. Todo calculado: ¿la mejor campaña de marketing? Pensemos bien. Seguro que es fruto de la generosidad y del buen deseo de cooperar a que este mundo sea un poco mejor, a que algunas personas no lo pasen peor.
Hace unas pocas horas, a pocos metros de la casa natal de san Ignacio de Loyola, de donde escribo esta reflexión, se clausuraba la asamblea diocesana de Cáritas. Muchas personas mayores, también algunos jóvenes. Muchas mujeres, también algunos varones. Todos
dando su tiempo, alguno muy preciado cuando vivíamos en la época de la abundancia, aunque no sabíamos qué hacer con él. Hombres y mujeres que dan su tiempo, su buena voluntad, son un testimonio creíble del evangelio, buena noticia para mucha gente que lo pasa mal. No sé si mañana serán noticia, como mucho en algún medio local o de alcance provincial.
La última intervención ha sido de una payasa, a la que durante breves minutos he tenido el gozo de escucharle. No sé si ella era creyente, pero era consciente de gran parte de las personas que allí estaban sí, ha terminado con un cuento noruego en el que la moraleja final era una invitación clara a todo el voluntariado de Cáritas a no cortar los hilos que nos unen con el cielo, a no olvidar cuál es nuestro origen. Casi se le podía resumir: no os olvidéis del cielo para que os podáis seguir preocupando, con espíritu cristiano, de la tierra.
¿En qué consiste eso? Nos lo ha dicho Jesús en el evangelio de hoy: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.
Esa mujer, más que dar algo, se ha dado ella misma. Ése fue el espíritu con que Jesús vivió toda su vida: darse él mismo en servicio desinteresado y hasta las últimas consecuencias, con la confianza puesta en Dios Padre. Eso es lo que celebramos en la eucaristía.
Ése fue el espíritu con que Jesús vivió toda su vida. Ése es el espíritu con el que estamos invitados a vivir nuestra vida: sólo se nos pide darnos.



























