Domingo de la trigésima primera semana del Tiempo Ordinario
A Dios y al prójimo como a ti mismo
El evangelio de los últimos domingos nos situaba acompañando a Jesús camino de Jerusalén. En ese camino tuvo el encuentro con el joven rico y el intento frustrado de seguimiento, como nos ocurre a nosotros en ocasiones. En ese camino aconteció, de nuevo, la torpeza de sus seguidores, incapaces de entender que el seguimiento de Jesús es un seguimiento de servicio, no de poder, que también nos puede tentar a nosotros en ocasiones. En ese camino, Jesús nos hace recobrar la vista, como a Bartimeo, y retomemos el seguimiento.
Hoy ya no estamos en camino, sino que nos encontramos en Jerusalén. La liturgia nos ha ahorrado una serie de datos: el gesto mesiánico en el Templo; las diferentes controversias con los sacerdotes, los ancianos, los fariseos, los herodianos, los saduceos,… la temática ha sido diversa: la autoridad de Jesús, el tributo al César, la resurrección de los muertos,…
Ahora se le acerca un escriba un escriba, un teólogo, para preguntarle por algo que le preocupaba seriamente: ¿cuál era el principal de los mandamientos? No debía ser una cuestión fácil. Menos aún cuando hay que elegir entre los 613 preceptos que tenían los judíos de tiempo de Jesús (algunos se defenderán diciendo que nosotros tenemos 1752 cánones, además de los diez mandamientos de la Ley de Dios y de los cinco de la Santa Madre Iglesia, que siguen vigentes). 613 preceptos: 365 prohibiciones y 248 imposiciones regulaban la vida del judío piadoso. No es de extrañar que se acercará precisamente a donde el gran transgresor del sábado, cuando había maestros que afirmaban que el cumplimiento del xabat era más importante que las otros 612 preceptos juntos.
La respuesta de Jesús no puede ser más ortodoxa, se ciñe estrictamente a lo que dice la Escritura, a lo que saben todos, a lo que repiten todos los días a modo de plegaria: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”.
Jesús, como no podía ser de otro modo, afirma la supremacía de Dios. Jesús tiene unificado todo su ser en YHWH, a quien él experimenta como “Abba”. Precisamente por eso, porque experimente a Dios como padre bueno, es por lo que lo completa este mandamiento con otra cita de la Escritura que hace referencia al hermano: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
La pregunta del escriba hace que tomemos conciencia de que, según Jesús, fundamental a los ojos de Dios es amar.
Más que fijarnos en qué es el amor, y empezar a hacer esas distinciones pertinentes entre el eros, filia y el ágape, término usado por los primeros cristianos para explicar lo que querían decir cuando hablaban de amor. Más que en el significado del amor, vamos a centrarnos en los destinatarios del amor.
Ha habido un época, y que parece que en algunos contextos está de vuelta, en que el amor
se centraba exclusivamente en Dios, pero de forma reductiva. A Dios se le amaba en el culto, en la adoración, por medio de las devociones, por la práctica de los sacramentos,… todo ello muy loable, dicho sea de paso, porque ayudan a centrar el corazón afectivamente en Dios, pero se corre el riesgo del espiritualismo. Bien nos advierte san Juan en su primera carta, “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. El prójimo, sobre todo el empobrecido, es sacramento de Dios.
Por la ley del péndulo nos fuimos al otro extremo, muy evangélico, no cabe la menor duda: la solidaridad, la lucha por la justicia, el compromiso con la hermana o el hermano necesitado. Ése era el culto agradable a Dios anunciado por los profetas y que vale más que todos los holocaustos y sacrificios, como se nos ha recordado en el evangelio que hemos proclamado. Pero se corre el riesgo de olvidarnos que nosotros no somos más que caño del amor, que la fuente está en Dios, y que sin esa referencia terminamos por vaciarnos, nuestro amor se va agostando, nuestro compromiso quemando.
Se había quedado en la penumbra el tercer destinatario, ¿cómo? ¿hay otro destinatario? Sí, “como a uno mismo”. No puede ser de otra manera, las ciencias humanas nos lo han dejado bien claro: sólo ama bien, sea el prójimo sea Dios, quien se ama bien a sí mismo. Amarse bien es importante no solo porque la psicología nos hable de la autoestima, sino porque lo requiere la propia espiritualidad cristiana que, cuando se ha deformado, ha olvidado, cuando no rechazado, la propia corporalidad, la estima de sí, al creyente como sujeto concreto, de carne y hueso, y los procesos humanos con sus altibajos y claroscuros, que no quedan al margen del proceso de la fe.
Hoy no sé si hay una gran demanda, pero sí hay una gran oferta relacionada con el autocuidado, con el autoconocimiento, con la espiritualidad centrada en el yo… la influencia nos viene de oriente, pero está echando raíces profundas en nuestra sociedad, ahora que todos nos sentimos un poco desarraigados. No es malo que estemos atentos a lo que puede ser oportunidad evangelizadora, por ejemplo con la apuesta que se ha hecho en nuestra diócesis de educación de la interioridad. Con una condición: que no os deje paralizados y replegados sobre nuestro propio ombligo, porque hay solo vamos a encontrar pelusilla.
En esta sociedad llamada post-cristiana y post-religiosa, personalidades intelectualmente sólidas del ateísmo están reivindicando la espiritualidad para el ser humano, hasta para sostener sus luchas de humanización y solidaridad. Es una espiritualidad sin Dios. Todo un reto.
Mientras tanto los cristianos tendremos que seguir proclamando que Dios habita en mí, pero es inabarcable y no se confunde conmigo. Que el yo se reconoce en el TÚ con mayúsculas y en el tú con minúsculas. Un yo abierto al Tú de Dios y al tú del prójimo. No hay mandamiento más importante que amar a Dios y al prójimo como a mí mismo.



























