COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

09/09/2012

Domingo de la vigésima tercera semana del Tiempo Ordinario

Efettá… abrirnos desde Dios

El domingo pasado fui a un pueblo del norte de Burgos a presidir la celebración de la Eucaristía dominical. Casualmente, la víspera falleció una mujer y me pidieron que celebrara la misa funeral. Siempre es un reto presidir un funeral sin conocer algo de la persona fallecida y sin haber estado con la familia. Así que quedamos en que pasaría por la casa, donde estaba el cadáver, media hora antes del funeral.

El domingo, mientras me acercaba a la casa, me fui enterando de que se trataba de una mujer de 63 años, que había sufrido un proceso de cáncer, que tenía algún tipo de deficiencia desde la infancia y que era sorda. También me dijeron que era un ángel.

La familia me dio otros datos: persona acogedora, tanto con los familiares (siempre les recibía con una amplia sonrisa y con un rostro que transmitía alegría), como con la gente del pueblo (siempre se interesaba por ellos). Una mujer muy cariñosa. También se preguntaban lo que podría haber sido de aquella mujer si hubiera nacido hoy. Con los avances médicos y técnicos actuales probablemente la sordera no habría sido una barrera.

Estos datos me dieron pie para compartir dos reflexiones, además de las propias del evangelio del domingo pasado.

La primera referida al escuchar: ¿cómo era posible que una mujer sorda hubiera dejado en sus familiares y paisanos la sensación de que era una mujer cariñosa y acogedora? Tal vez el secreto de esta mujer fue el haber aprendido a escuchar con la vida. ¿Qué hacemos nosotros, los que consideramos que no tenemos ninguna deficiencia, con nuestros sentidos y con nuestra vida? ¿Al servicio de qué los ponemos?

La segunda reflexión fue en la dirección de lo que aquella mujer, deficiente desde una perspectiva, había suscitado en las personas con las que se había relacionado. ¿Qué es lo que les había quedado de aquella persona? ¿Qué era aquello que siendo ya de cada una de ellas, sabían que no les pertenecía, porque había sido fruto del encuentro con aquella persona, que aparentemente no aportaba mucho? Esto lo podemos aplicar a la vida creyente, porque está en relación con el don de la fe: aparentemente no aporta nada, sin embargo, cada uno de nosotros sabemos la vida que ha suscitado en nosotros. El don es nuestro, porque nosotros lo gozamos, sin embargo, no nos pertenece. Solo podemos reconocerlo y agradecerlo.

Jesús, en el evangelio de hoy, ha liberado a un hombre de aquello que le mantenía sordo y mudo frente a la existencia. ¿Ante qué gritos nos hacemos los sordos? ¿Ante qué circunstancias callamos como mudos?

Para liberar a aquel hombre de lo que le oprimía, Jesús se ha tenido que comprometer con él: “meter los dedos en los oídos, con la saliva tocar la lengua”. Ha tenido que compartir su misma suerte de impureza, ha tenido que tocar las miserias humanas. Este es el estilo elegido por Dios desde el momento de la encarnación de Jesús. Este es el estilo elegido por Jesús en referencia al Padre: “mirando al cielo”. Dios se abre al mundo en Jesús. Jesús se abre al mundo desde Dios.

Es en ese gesto solidario donde se obra el milagro mayor, no que al sordo se le abrieran los oídos o se le soltara la traba de la lengua, sino que a sus acompañantes se les abriera el corazón y su lengua les haga proclamar: “todo lo ha hecho bien”. No tenemos que olvidar que todo esto ocurre en la Decápolis, en tierra pagana, en el mundo perdido para Dios…

Podemos hacer una lectura social, eclesial y pastoral de este evangelio. Decimos que Dios va perdiendo terreno en nuestra cultura, que vivimos en un ambiente cada vez más ajeno, cuando no hostil, a lo religioso. Sobre todo a lo religioso cristiano-católico. En ese sentido, nuestra sociedad sería la Decápolis moderna, llamada a ser evangelizada.

Tal vez, hasta tengamos identificados los colectivos que con más urgencia deberían escuchar la Palabra de Dios. ¿Quizá el mundo de los jóvenes y sus ambientes, que nos parecen tan alejados de la Iglesia y de los valores que emanan del Evangelio? ¿El mundo de la política que nos parece tan desnortado, que ha ido perdiendo toda referencia ética y moral en el ejercicio de su servicio al pueblo y a la convivencia ciudadana? ¿Nuestras propias comunidades eclesiales que están más cómodas encerradas en sus impotencias evangelizadoras o en sus esquemas preconcebidos del Evangelio y de la Iglesia que en el empeño tenaz por abrirse a la vida siempre nueva que aporta la Palabra de Dios?

Tal vez hasta añoremos tiempos mejores. Acaso los del profeta Isaías, con su canto esperanzado: “se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará, porque han brotado aguas en el desierto…”. Este cántico tan esperanzado surge en uno de los momentos más tristes de la historia de Israel, cuando se encuentran en el destierro y con un futuro muy incierto. Pero el profeta no habla desde sí, habla desde Dios.

Tal vez añoremos tiempos mejores. Acaso los de las primeras comunidades cristianas, esas que tanto hemos idealizado, por sus relaciones fraternas, su vida de oración asidua, su solidaridad compartida. Esas mismas comunidades a las que Santiago les tiene que recordar que en la reunión litúrgica, por lo menos en ese ámbito, no debe haber favoritismos ni divisiones de clases y, si las hay, la preferencia la tienen los “pobres del mundo”, porque han sido elegidos por Dios. Pero esto no lo dice Santiago desde sí, sino desde Dios, desde lo que ha sido la praxis de Jesús.

Nosotros, ¿desde dónde escuchamos y desde dónde hablamos?

No debemos olvidar que el prójimo más cercano somos nosotros mismos: ¿Me escucho? ¿Sé cuáles mis aspiraciones más hondas, lo que anhela mi corazón? Escucharnos, para que no se nos pase la vida y la demos por perdida. No se trata de hacer un ejercicio narcisista, de escucharse a sí mismo para regodearse en las propias grandezas o para hundirse en las propias miserias. Al contrario, es una invitación a escucharse desde Dios: ¿no decimos que Dios habita en nosotros, que es lo más íntimo de nuestra propia intimidad? Estamos invitados a abrirnos a nosotros mismos desde Dios. Escucharnos desde Dios para hablar desde él, no sólo desde nuestra coherencia de vida, que siempre nos puede hacer enmudecer.

Escucharnos desde Dios para poder escuchar a nuestro mundo también desde él. A eso nos invitaba el Concilio Vaticano II, del cual estamos celebrando el cincuenta aniversario: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. Tenemos que escuchar todo lo humano, desde el corazón de Cristo, que ya está latiendo también dentro de nosotros.

Desde ahí, desde Dios, es probable que también escuchemos los deseos de muchos jóvenes por una sociedad más justa, sus reivindicaciones por un reparto más equitativo de las riquezas, sus anhelos por una Iglesia más evangélica. Desde ahí, desde Dios, es probable que también escuchemos la impotencia de algunos de nuestros políticos por no encontrar la fórmula para salir de este atolladero en que, conducidos por ellos, todos nos hemos ido metiendo. Desde ahí, desde Dios, es probable que también escuchemos las búsquedas esperanzadas que están haciendo muchos creyentes, pastores y comunidades eclesiales, conducidos por la Palabra de Dios.

Abrirnos a nosotros mismos desde Dios, para abrirnos al mundo desde su corazón… para escuchar y hablar de modo diferente… desde Dios. Abrirnos desde Dios.

Esta entrada fue publicada en Comentario a la Palabra dominical y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.