Tercera semana del Tiempo Ordinario
Sostenidos e impulsados por el Espíritu de Dios
Después del breve paréntesis del domingo pasado, en el que proclamamos el pasaje de las bodas de Caná, retomamos el evangelio de Lucas, que nos va acompañar durante este año litúrgico. Vamos a tratar de seguir a Jesús de la mano de Lucas, el evangelista de la acogida o de la misericordia de Dios.
El evangelio está escrito para los creyentes de todos los tiempos. Todo el evangelio está escrito para cada uno de nosotros. Lo cual no quiere decir que lo podamos vivir enteramente ni en todo momento. Sabemos de nuestra limitación para no abarcar todo el Evangelio. Sabemos de nuestra fragilidad para no poder vivir en todo momento aquello que alcanzamos a vivir del Evangelio.
Con todo, el Evangelio está escrito para cada uno de nosotros. También en pequeño prólogo del evangelio que proclamamos hoy.
Solo el saludo nos daría para estar meditándolo toda la semana, y para darle gracias a Dios por ello. Dios mismo te llama a ti, me llama a mí, “ilustrísimo amado de Dios”. ¿Te imaginas cómo cambiaría tu vida, cómo cambiaría mi vida, si pudiéramos vivir de la certeza de que somos “amados de Dios”? Incondicionalmente amados por Dios.
Ése fue el punto de partida de Jesús, como ya lo vimos en el pasaje en que se nos narraba su bautismo: sentirse “el hijo amado de Dios”. Ésta ha de ser nuestra experiencia fundante y nuestra experiencia fontal.
Fundante, en cuanto que nos constituye, nos hace saber qué y quiénes somos.
Fontal, porque nos hace saber para qué hemos sido creados, a qué somos llamados, a qué y a quiénes somos enviados.
En el Jordán y en Nazaret, y a lo largo de toda su vida, ésa la experiencia de Jesús. Nacido por obra del Espíritu, va haciendo vida la Palabra de Dios, va encarnando lo anunciado por los profetas. Sostenido por Dios, se siente impulsado por el Espíritu a compartirlo con todas y todos los que lo esperan todo de Dios o por lo menos más necesitan de él.
Nuestra misión, al igual que fue la de Jesús, es la de colaborar para que toda persona pueda recuperar la dignidad que le corresponde por ser “amada de Dios”.
También nosotros somos sostenidos e impulsados por el Espíritu de Dios. También nosotros estamos invitados a proclamar con obras de liberación muy concretas cuál es la identidad más profunda de todo ser humano.
Somos enviados a dar la buena noticia a los pobres. La gran tentación, el gran peligro, es quedarnos paralizados en grandes discursos y sesudas discusiones sobre quiénes son los pobres.
La realidad que nos está tocando vivir estos últimos tiempos va perfilando mucho mejor quiénes son los pobres, quiénes lo eran ya antes y quiénes lo son también ahora, porque, curiosamente, al hablar de ellos tiramos de estadísticas y afirmamos que ha crecido el número de pobres o de personas que se encuentran en situación de pobreza. Es suficiente con que nos acerquemos a los últimos discursos o escritos de Benedicto XVI en los que se aborda el tema de la pobreza para darnos cuenta de que la pobreza económica, y sus causas, es un tema preferencial.
Creo que sigue siendo válida esa breve definición de pobre o empobrecido de la teología de la liberación latinoamericana: pobre es aquel que no tiene seguro que vivirá mañana. Es verdad que nadie lo tenemos, pero es justo reconocer que unos lo tenemos más seguro que otros (no creo que ninguno de nosotros corramos el riesgo de morir de hambre). Para quien le asuste esta definición por ser excesivamente “política”, se puede quedar con ésta más ¿religiosa?: pobre es aquella persona a la que no le queda nada más que Dios como garantía de su existencia.
Para las personas que se encontraban en esa situación fue Buena Noticia Jesús, tanto por las palabras que salían de su boca, como los gestos concretos que salían de sus manos. A eso estamos invitados también nosotros y es lo que pedimos en una de las plegarias eucarísticas: “danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido”. Lo proclamamos en la liturgia para llevarlo a la vida… sostenidos e impulsados por el Espíritu de Dios.



























