Epifanía
Jesús: regalo de Dios
Aunque en sentido estricto el tiempo de Navidad litúrgicamente se prolonga hasta el próximo domingo, en el que celebraremos el bautismo del Señor, se puede decir que prácticamente las navidades ya han acabado: se han recibido los últimos regalos, estamos disfrutando de las últimas horas de vacaciones navideñas, pronto se apagarán las luces de las calles, se silenciarán los ruidos,… poco a poco todo volverá a la normalidad. ¿Qué nos queda de las navidades? ¿Qué nos queda de la novedad que nos ofrecía el cambio de año? Cada uno se tendrá que responder.
De suyo la Navidad no nos tiene porque decir nada. Parece que la epifanía, la manifestación de Dios no es tan evidente.
No lo fue en tiempos de Jesús, el revelador por excelencia del Padre. Así nos lo testimonian los evangelios de principio a fin: vino a los suyos y (la mayoría de) los suyos no lo reconocieron. Un ejemplo, el relato evangélico de hoy.
La manifestación de Dios tampoco es evidente en nuestros días, donde parece ser que la increencia, el escepticismo y el indiferentismo religioso crecen sin cesar, por lo menos en las sociedades occidentales.
Para algunas personas la Navidad merece la pena sólo porque por unos días se adornan árboles en las casas, se adornan con luces de colores las calles, se adornan los corazones de buenos deseos… y, sobre todo, se adornan con regalos las ilusiones de las niñas y niños.
Para algunas personas la Navidad se reduce a comer y beber.
Más allá de lo que sea para los demás, para mí, ¿qué ha sido esta Navidad?
El evangelio que hemos escuchado hoy recoge diferentes actitudes que podemos tener ante la Navidad, ante el nacimiento de Jesús, pero también ante la fe y ante el modo de afrontar la vida.
Los sabios de oriente pueden representar a las personas buscadoras empedernidas de la verdad: escrutan los cielos y recorren los caminos de la tierra. Lo hacen guiados por una luz que se les hace evidente, cuando se dejan guiar por ella. Una luz que se desvanece, un Dios que se les oculta, cuando buscan en los lugares donde él no puede ser encontrado: entre los que creen sabios de este mundo, entres los que se consideran los poderosos de este mundo.
¿Tú percibes que Dios ilumina tus pasos? ¿Has visto su estrella guiadora? ¿Dónde te empeñas en buscarle? ¿Te dejas guiar por la estrella hasta la gruta oscura de Belén, de donde surge la luz para tu existencia? ¿Te dejas conducir hacia los empobrecidos de cualquier tipo que nos enriquecen tantas veces y nos orientan cuál ha de ser nuestro rumbo en la vida?
Hay otras búsquedas legítimas, las de los sumos sacerdotes y los escribas: se empeñan en encontrar a Dios en los libros, en la erudición, en el conocimiento racional, en la exégesis impecable y en la interpretación recta. Creen que todo está en los libros, más si estos son sagrados. No se exponen a experimentar nada. No arriesgan nada. No apuestan nada. Y por eso, se quedan sin nada. Sólo con sus libros, sólo con sus conocimientos sobre Dios… en muchas ocasiones muy semejante a ellos mismos: un Dios controlable, un Dios sin conflicto. Pero, tal vez, ese Dios tenga poco que ver con las noches de la fe, con el vivir la existencia a la intemperie, con los problemas de cada día,… Tal vez ese Dios nunca llene su corazón de inmensa alegría, porque son incapaces de reconocerle donde él ha querido revelarse: hecho humano, hecho pobre, hecho niño.
¿Qué Dios vivo yo? ¿El Dios enseñado y aprendido o el Dios encontrado, aunque sea en la incertidumbre de la noche? ¿Cuáles son los “belenes” en los que percibo la presencia amorosa de Dios? ¿Con qué/quién se llena de alegría mi corazón? En la noche social que estamos viviendo, ¿a quién vamos a consultar? ¿Al Fondo Monetario Internacional que ha reconocido que subestimó el efecto negativo que sobre el paro iba tener la política de austeridad recomendada por él? ¿No será más navideño sumar nuestras voces y nuestras luchas a las de esas personas que desde hace muchos años proclaman que “otro mundo es posible”?
Hay personas como Herodes encerradas en sí mismas. No saben nada de lo divino, pero tampoco de lo humano. No les interesa el saber, ni siquiera intelectual. En el mejor de los casos se conforman con estar informados. Viven muy bien encerrados en sus palacios. Tiene que ser una vida triste. Siempre con el temor de perder lo que tienen, sea mucho poco, pero eso, su poder, su tener, es lo que les da seguridad. Por eso tienen que aniquilar todo lo que perciben como amenaza, aunque sea la debilidad de un recién nacido.
Hay otros personajes de la Navidad que han vivido con el corazón abierto a la esperanza, abierto a Dios, y que se han dejado encontrar por Él: María, José, los pastores… a estos Dios se les revela personalmente, sólo se han tenido que fiar de su Palabra, como los Magos de Oriente, después de haber adorado al niño.
Este es el la Palabra que nos ha manifestado en Navidad, el cumplimiento de la profecía de Isaías: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. Jesús, es el regalo de Dios para cada uno de nosotros, para que también nosotros seamos regalo para los demás.



























