COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Sagrada Familia

La familia: amor, solidaridad y fe

He de reconocer que se me hace difícil hablar de la familia a la luz de la Sagrada familia de Nazaret. No tanto porque no sea válida la experiencia espiritual de cada uno de las personas que componen la familia, y la familia misma, cuanto porque su experiencia existencial es diferente a la nuestra.
Al hablar de la familia hay que evitar dos extremos:
Una visión estática de la familia, de lo que se le acusa a una parte significativa de la Iglesia.
El relativismo absoluto en el que nos instalamos en ocasiones y que es denunciado por una parte significativa de la Iglesia.
La familia es una realidad dinámica. Lo hemos podido observar y experimentar a lo largo de nuestra vida. Desde aquella sociedad más rural en la que en la casa-caserío, había sitio para todos. Era bastante normal que convivieran juntas tres generaciones: los abuelos, y el hijo o la hija que se había quedado en la casa con su consorte, y las hijas e hijos que iban naciendo; en ocasiones convivía alguna tía o tío soltero. La familia urbana, condicionada por las mismas dimensiones del hábitat familiar, se ha ido reduciendo a lo que conocemos como familia nuclear.
La familia es una realidad culturalmente situada. La familia católica no tiene un solo rostro, porque las relaciones de pareja heterosexual, no entramos a valorar otras, se viven de forma diferente en cada cultura: no es lo mismo la cultura urbana europea y la cultura rural centroamericana, por ejemplo. Lo cual no quiere decir que todo valga y que no podamos establecer unos mínimos que sean exigidos a toda pareja que quiera fundar una familia con sentido cristiano.
La familia es algo más que la libre voluntad de adhesión de los miembros que la componen. Hay algo más que debe transcenderla para que sea un proyecto viable:
El amor, que es quererse y, además, la voluntad decidida de querer quererse. No se puede programar, menos aún imponer, pero cuando se da, sí que se puede cuidar.
La solidaridad, que se hace más evidente en tiempos de dificultad, sea la crisis económica, como lo estamos viendo y viviendo en estos tiempos, sea la enfermedad o cualquier otra circunstancia adversa. Aunque ataña a uno solo de sus miembros, afecta a todos y hace que se vehiculen los medios más oportunos para paliar sus efectos negativos.
Según las encuestas y las estadísticas la institución familiar sigue siendo la mejor valorada. Probablemente porque cuando se nos pregunta sobre esto, nos viene a la cabeza -y al corazón- la propia familia, y no estamos dispuestos a renunciar a ella.
sfEn la familia se nos transmite la biología y, no menos importante, parte de nuestra biografía. En la familia nacemos y en la familia adquirimos toda una serie de valores que, para bien o para mal, van a formar parte nuestra historia personal.
Por eso es muy importante ser consciente de qué es lo que queremos transmitir a los hijos e hijas. Algunos lo dicen de forma negativa: a los hijos no hay que enseñarles a vivir con nuestras verdades, sino a vivir sin nuestras mentiras. Mejor sería decir que a los hijos hay que ayudarles a vivir en libertad, asumiendo la responsabilidad.
La familia, el Nazaret particular de cada uno, es un lugar de importancia decisiva para la iniciación en la religiosidad. La familia puede ofrecer al niño la apertura a la fe en un clima de afecto y confianza difícil de encontrar en otro grupo.
En el hogar la niña o el niño capta e interioriza conductas, valores, símbolos, experiencias religiosas. Lo hace desde el afecto, que es el modo más convincente y humano. Si falla esto en la familia es difícil que los niños se abran a la fe, a pesar de la asignatura de religión en el colegio y a pesar de la catequesis parroquial.
Es un don que la niña o el niño tenga padres creyentes, a los que vea orar, leer el evangelio, comprometerse solidariamente por sus convicciones religiosas. Cada familia debe encontrar fórmulas sencillas de vivir la fe en el hogar. Cada familia ha de encontrar su estilo de orar y dialogar sobre la propia fe. A modo de ejemplos: está bien que tengan un poster de Messi en la habitación, pero no estaría de más que también estuviera un cuadro de Jesucristo; está bien que se le lleve a ver el Alavés cuando juega en casa, pero estaría muy bien acompañarle a celebrar la Eucaristía, porque Jesús siempre juega en casa.
No debemos olvidar de la importancia de Nazaret en la transmisión de la fe. Fue en Nazaret, en el seno de la familia y en contacto con la fe de su pueblo, probablemente vinculada a la espiritualidad de los anawin, de los pobres de YHWH, donde Jesús mama la pasión por YHWH, a quien desde temprana edad experimenta como Padre, como su único padre.
La familia: ámbito del amor, de la solidaridad y de la fe.

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