COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Domingo segundo de Adviento

En el corazón de la historia

El pasaje evangélico que hemos escuchado hoy no nos deja escapatoria. Dios dice su Palabra y es acogida en el corazón de la historia:
“En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto”.
Es un texto cargado de significaciones. Aparecen los grandes de la tierra, parece que ellos serían los más indicados para que les fuera dirigida la Palabra de Dios; podría parecer que ellos tenían medios más adecuados y, sobre todo, poderosos, fueran de tipo político o religioso, para instaurar el proyecto de Dios. Y, sin embargo, en ninguno de ellos se fijo nuestro Dios, sino en Juan.
Aparecen nombres de lugares importantes, o de personajes relacionados con lugares importantes; sin embargo, en ninguno de esos lugares vino la Palabra de Dios, sino en el desierto, el lugar de tantas resonancias para el pueblo de Israel: de dificultad y liberación, de prueba y victoria, de rebeldía y de experiencia de Dios…, de la renovación de la alianza, en boca del profeta Oseas: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón”.
Tal vez no podía ser de otra manera, porque la historia de verdad, la de cada uno y la de cada comunidad, y también la de la Humanidad, por qué no decirlo, aunque no aparezca en los medios de comunicación social, se juega en lo “escondido” de cada día… No en la urbe romana, de entonces o de ahora, sino en el desierto del día a día, en las penas y tristezas, en los gozos y esperanzas, en los logros y frustraciones de cada día… allí donde los humanos vamos haciendo la aventura de ser felices y de hacer felices a los demás, allí donde los creyentes tratamos de vivir el Evangelio, a la vez que se lo proclamamos a los demás.
La vida, la de verdad, se pone en juego en lo “casi anónimo” de cada día… No en los templos, sagrados o laicos, de las jerusalenes que ha habido a lo largo de la historia, sino en el Jordán, allí donde vamos alcanzando la tierra prometida, la personal de cada uno y también la comunitaria, allí donde vamos renovando, como en una conversión permanente, nuestro compromiso con el Dios que ha querido hacer alianza con nosotros.
Tenemos que recordar que como la de Juan, el hijo de Zacarías, un mudo que representaba al pueblo sometido al silencio, nuestras vidas hablan, que son el mejor testimonio del evangelio. Tenemos que recordar que como la de Juan, el hijo de Isabel, una estéril, que representaba la incapacidad de la vida para abrirse camino, nuestras vidas no son estériles, que en ellas también se encarna la Palabra de Dios, si es que nos dejamos invadir por el Espíritu Santo, como lo hizo María de Nazaret, y que recordábamos ayer, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción.
ad2También a nosotros se nos invita en este adviento a ir con Juan Bautista al desierto. Entrar en nuestro interior para reconocer nuestras ataduras, nuestras limitaciones y pecados. Entrar en nuestro interior, pero no de forma meramente intimista, sino adentrarnos con toda nuestra historia, esa que está hecha de relaciones cotidianas y también, por qué no decirlo, de los “vistosos” acontecimientos históricos que nos tocan vivir. Entrar en nuestro interior sin desentendernos de nuestro mundo, con todas las potencialidades que emergen en él y con todas las grietas que aparecen aquí y allá y amenazan seriamente su integridad. Entrar en nuestro interior para reconocer la Palabra de Dios que hoy se nos pronuncia a cada uno de nosotros.
Invitación a ir al desierto, a nuestro interior, y escuchar la Palabra de Dios que nos invita a recorrer todas las comarcas de todos los jordanes proclamando la Buena Noticia: el Reino de Dios.
A todos nosotros, constituidos profetas por el bautismo, nos llama Dios a dar testimonio de que el Señor viene y nos invita a preparar los caminos por medio de los cuales Jesús ha de llegar al corazón del mundo, al corazón de la historia y al corazón de todos los hombres y mujeres.
También hoy, 9 de diciembre de 2012 después de Cristo, siendo Ban Ki-Moon secretario general de Naciones Unidas, y José Manuel Durao Barroso presidente de la Comisión Europea, y Mariano Rajoy presidente de España, en los últimos días al frente del Gobierno Vasco del lehendakari Patxi López, bajo el pontificado de Benedicto XVI, siendo Miguel Asurmendi obispo de Vitoria… ha venido la Palabra de Dios sobre cada uno de nosotros… porque la Palabra se nos proclama y la vivimos en el corazón de la historia.

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