Domingo de la trigésima cuarta semana del Tiempo Ordinario
Jesucristo: Verdad de Dios
Cerramos el año litúrgico con la celebración de Jesucristo, Rey del Universo. Nos puede
parecer un nombre muy pomposo para el hijo del carpintero de Nazaret, para el profeta de la misericordia de Dios. Sin embargo, no repugna a una espiritualidad que conexiona
íntimamente individuo, universo (y todo lo creado) y Dios.
El origen de esta fiesta, parece ser que no fue tan espiritual y estuvo muy marcada por lo político, aunque parezca una contradicción con las palabras que hemos escuchado de boca de Jesús: “mi reino no es de este mundo”.
Fue instaurada por Pío XI en 1925, en un contexto histórico de una Iglesia que se defiende de los movimientos liberales, republicanos y anticlericales. En el contexto social en el que las monarquías todavía eran católicas y los católicos, por lo menos en sus representantes más notables, monárquicos. Eran los tiempos en que se gritaba “¡Viva Cristo Rey!”, con unas connotaciones más políticas que piadosas, según los lugares. Entre nosotros queda el desgraciado recuerdo de los “guerrilleros” que llevaban ese nombre. Eran los tiempos en que la Iglesia seguía reclamando sus privilegios y seguía defendiendo la confesionalidad del Estado.
Hace diez días exactamente, el 15 de noviembre, el Principado de Liechtenstein y la Santa Sede negociaban un nuevo concordato por el cual se introducirá una reforma constitucional para que la Iglesia Católica deje de considerarse “nacional” y el catolicismo la religión oficial. Ésta es la línea marcada por el Concilio Vaticano II, cuyo cincuentenario de apertura estamos celebrando.
Fue, precisamente, la reforma introducida por el Concilio Vaticano II la que le dio un nuevo significado a esta solemnidad de Cristo Rey, que hoy estamos celebrando: nos puso mirando al viernes santo.
Jesús es rey, sí, pero no como los reyes de este mundo. Jesús es rey, pero su soberanía consiste en que es capaz de llegar a dar voluntariamente su vida por los demás. No hay ningún poder que sea capaz de doblegar su voluntad de ser fiel al proyecto de Dios, al Reino, hasta sus últimas consecuencias.
Las palabras de Jesús, “mi reino no es de este mundo”, para que no sean equívocas, habría
que traducirlas como “mi reino no es como el de este mundo”, porque si no corremos el riesgo de espiritualizar la experiencia creyente y desvincularla de todo compromiso político y social. Nada más lejos de la realidad, porque el evangelio, cuando se lleva a la vida ordinaria, también tiene implicaciones políticas. El Evangelio lleva en su entraña la conversión personal y la transformación social.
A Jesús nada de lo humano le fue ajeno. Lo hemos podido comprobar a lo largo del año litúrgico: cercano a aquellas situaciones y, sobre todo, a aquellas personas a las que les es negada su dignidad. Por eso se hace cercano a los enfermos, a los pobres, a los niños, a las mujeres, a los pecadores… Desde esta cercanía concreta a la gente, desde este hacerse presente a sus vidas, es como Jesús nos propone el sueño de Dios sobre la humanidad, que es su proyecto de vida. Este modo de vida de Jesús fue fruto de una profunda experiencia espiritual, que algunos interpretaron como la estrategia de un agitador religioso-social y otros como la de un disidente político.
El sueño de Dios sobre la humanidad, el Reino de Dios, se va realizando también en nuestra historia y en nuestros días. Es verdad que los poderosos nos quieren imponer su verdad. La violencia machista, es bueno recordarlo en este 25 de noviembre, quiere imponer su verdad sobre las mujeres maltratadas. El neoliberalismo nos quiere imponer la verdad de que la especulación y el hacer dinero, caiga quien caiga, es mejor que una vida sobria en la que los recursos de la tierra sean compartidos entre todos para que todas las personas puedan vivir con dignidad. Cada uno de nosotros podríamos poner muchos más ejemplos, en función de la sensibilidad con que miramos nuestro mundo.
Frente a la verdad que nos quieren imponer los poderosos y que nos pueden hacer sumir a o todos en un depresión, no solo económica, sino también social, hay una mirada evangélica, que sabe ver la infinidad de signos sencillos que nos hablan de que el Reino de Dios está en marcha, que el Reino de Dios se está realizando, que hay muchas personas que son capaces de compartir su dinero, su tiempo, su cariño con aquellas personas que más lo necesitan. Personas y colectivos humanos que son capaces de ponerse al servicio de los demás: ése el estilo que tuvo Jesús de ser rey y de poner en marcha el reino.
Ésta es la lógica, ésta es la verdad introducida por Jesús, en su modo que tuvo de vivir a Dios, que frente el egoísmo, la autosuficiencia, la injusticia,… y todo aquello que genera sufrimiento y muerte, hay una dinámica a favor de la vida, que él nos propone: el servicio humilde al prójimo, confesando así que Dios es nuestro Padre, que quiere reinar en nuestro corazones e implantar su reino en nuestro mundo. Fue así como Jesucristo, rey del Universo, fue verdad de Dios.



























