COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Domingo de la trigésima semana del Tiempo Ordinario

Cuando la existencia se hace grito

Es conmovedor el relato de este pasaje evangélico. Nos encontramos con un ciego con nombre, Bartimeo, que le relaciona con su familia: el hijo de Timeo. Este hombre, llamado como toda persona a vivir en sociedad, se encuentra marginado, al borde del camino, al margen de la vida. ¿Causa de la marginación? Su ceguera. Por ser ciego es considerado pecador, por lo tanto, rechazado por Dios y rechazado por su pueblo.

Esta es la era la situación vital de Bartimeo: condenado a la marginación y a la mendicidad. Negada su dignidad, está a expensas de la generosidad de los demás.

Algunos comentaristas de este pasaje evangélico hacen de Bartimeo el modelo de esas personas que viven aisladas socialmente, bien porque otras personas así lo han decidido bien por propia voluntad. Puede ocurrir, que seamos nosotros mismos los que decidamos quedarnos al margen de una vida que nos parece que no merece la pena ser vivida, de una sociedad en la que no queremos participar, de un mundo que ya no reconocemos, de una Iglesia que parece está ciega, que ha perdido el rumbo. No es un discurso extraño en algunos ambientes. Así, Bartimeo representaría a las personas que están desesperanzadas, que han perdido la ilusión, que se les ha apagado la fe.

Si ésta era la situación de Bartimeo, su actitud cambia radicalmente al escuchar que por allí cerca pasa Jesús. Es curioso, porque se trata de un hombre que está acostumbrado a la oscuridad, sin embargo, en cuanto ve que hay una oportunidad de salir de esa situación, la existencia se le hace grito. Es ciego, pero no es ni sordo ni mudo. Se vale de los recursos que tiene para intentar salir de su situación. Le regañan para que no moleste, pero hay un deseo grande y sostenido de querer ver. Esta es una clave importante: querer ver.

Somos conscientes de que en ocasiones vivimos muy a gusto con nuestras cegueras. Eso nos es más cómodo que querer ver. Es lo conocido. Ya nos hemos hecho a un modo de existir, de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Hemos aceptado nuestra ceguera y nuestra indigencia. Los demás también están dispuestos a ser generosos en nuestra mendicidad, ¿para qué cambiar? ¿para qué intentarlo, si es posible que no obtenga ningún resultado? Por eso, en más de una ocasión nos debemos preguntar si realmente queremos ver las oscuridades que hay en nuestro interior.

Lo que decimos a nivel personal, lo podemos aplicar al plano familiar/comunitario. Somos conscientes de que hay realidades que atañen a personas con las que nos relacionamos todos los días en los diferentes ámbitos de nuestra vida que preferimos ignorar o hacer como que no las vemos. Eso siempre resulta más cómodo. Me ahorra el mal trago de confrontar a la otra persona con sus cegueras y que, de rebote, me haga ver las mías.

También vale para el ámbito social: preferimos no ver, ni oír, ni saber. Si no, cómo es posible que en menos de 48 horas hayan muerto más de veinte personas, inmigrantes subsaharianas, sí, pero personas, entre las costas de Marruecos y España y no haya más voces gritando, como la de Bartimeo, contra los gobiernos de ambos estados que pierden el tiempo discutiendo sobre quién debía socorrerles en su naufragio. Más que de ciegos, hay que acusarles de malévolos.

Bartimeo quiere salir de su situación. La existencia se le ha hecho grito, ya no soporta la oscuridad. A pesar de las dificultades que le quieren poner los demás, en él hay un deseo grande y sostenido: ya nadie le puede hacer callar. Los gritos lanzados a Jesús, a Dios, son gritos lanzados con la esperanza de que también los escuchen los hombres, nuestros hermanos, y remedien nuestro mal o nos acerquen a Jesús, cuando nosotros no podemos hacerlo por nuestros propios medios.

El grito de Bartimeo, que puede ser escuchado por todos, es claro: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Le pide a Jesús, y también a todos los oyentes, que se compadezcan, que se pongan en su lugar: que se hagan cargo de la oscuridad en la que vive y que ya no puede soportar.

Jesús escucha el grito de dolor que sale más de las entrañas que de la garganta de Bartimeo, por eso, pide que le llamen. Ya todo cambia. Los que querían impedir que este hombre tuviera un nuevo acceso a la vida, son ahora los que le animan para que se acerque a Jesús.

Hay un gesto significativo que señala el evangelio, “soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús”. Soltar el manto es estar dispuesto a despojarse de todo lo que le mantenía unido a su antigua condición de ciego, pecador, marginado y mendigo. Es estar dispuesto a renunciar a los modos antiguos de funcionar, para entrar en una dinámica nueva que conduzca a la luz. Hay que hacerlo con determinada determinación: dar el salto y acercarse a Jesús.

Puede extrañarnos la pregunta que le hace Jesús: “¿qué quieres que haga por ti?”. La respuesta parece evidente: “Maestro, que pueda ver”. Pero Jesús no se ahorra la pregunta.

Jesús no le ahorra a Bartimeo la respuesta. Si fuera en nuestros tiempos (y en España), ahora que solemos escuchar que hay personas que están dispuestas a donar un riñón, por ejemplo, por un puesto de trabajo, bien podría haber respondido Bartimeo: “Señor, quiero salir de la situación de mendicidad, pero no de mi ceguera, porque quisiera tener un puesto en la ONCE”.

Jesús no se ahorra la pregunta ni nos la debemos ahorrar nosotros: “¿qué quiero que haga Jesús por mí?, ¿cuáles son mis cegueras?”. Tampoco nos debemos ahorrar la respuesta ni el compromiso con ella (“lo seguía por el camino [hacia Jerusalén]”). Pero para eso, tal vez, al igual que a Bartimeo, la existencia se nos tenga que hacer grito.

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