Domingo de la vigésimo novena semana del Tiempo Ordinario
Torpeza del corazón humano
De torpes se les puede calificar a aquellos primeros seguidores de Jesús. Torpes para entender lo que Jesús les quería decir con sus palabras y torpes para comprender lo que Jesús les quería transmitir con su estilo de vida.
Tres veces les tendrá que corregir en su modo de comprender el camino evangélico. A cada anuncio de la pasión (y de la resurrección), le sigue una metedura de pata de alguno del grupo o de todos. Jesús, con suma paciencia, les tendrá que repetir una y otra vez, de diferentes maneras, como los buenos pedagogos, que no han entendido nada, a pesar de que lo que les quiere transmitir es algo tan sencillo como que la vida hay que hacerla servicio. Pero el corazón humano es torpe para entender el mensaje de Jesús: una vida que no sirve, no sirve para nada (parafraseando a un obispo francés que lo aplicaba directamente a la comunidad cristiana, a la Iglesia).
Hace cinco domingos, 24 del tiempo ordinario, escuchábamos como Jesús le tuvo que enmendar la plana a Pedro, en Cesarea de Felipe. Tras la confesión de Pedro: “Tú eres el Mesías”, Jesús les tendrá que corregir su modo de entender el mesianismo inaugurado por él: la vida se salva cuando se pierde por Jesús y su Evangelio. Ante el camino fácil, el del poder, Jesús les tendrá que señalar el camino elegido por Dios: el de la encarnación, el de la debilidad, el de la vulnerabilidad… hasta asumir la cruz. El corazón humano es demasiado torpe, o demasiado débil y desconfiado, para entender esto.
Una semana después, 25 del tiempo ordinario, nuevo anuncio por parte de Jesús de su pasión (y resurrección). Ellos no entendieron lo que les quería decir, pero tampoco se atrevieron a preguntárselo, por si acaso. Preferían seguir a lo suyo, a soñar caminos de poder y de gloria. Jesús les recuerda que el camino de la gloria es el del servicio: ser servidor de todos, estar dispuestos a quedar a merced de todos: como los niños. Tampoco en esta ocasión Jesús debió tener mucho éxito. Pareciera que en coherencia con su mensaje Jesús optó por los más torpes del lugar.
Hoy nos encontramos con la escena de los hermanos Zebedeos en el camino hacia Jerusalén, justo cuando Jesús les acaba de anunciar por tercera su pasión (y resurrección). Los Doce no han entendido nada. Santiago y Juan son los que le echan cara al asunto y piden los primeros puestos junto a Jesús, en su reino de gloria y de poder. Los Zebedeos son los atrevidos, los otros son los envidiosos. Hay que suponer que no se enfadaron porque ellos, el resto, le habían entendido a Jesús, sino porque se habían adelantado a todos los demás.
Su hubiese sido problema de Santiago y Juan, Jesús los habría tomado a parte. Pero no, les reúne a todos en torno a él, para ver si de una vez por todas es capaz de transmitirles con toda claridad lo que les quiere decir, que el servicio es el distintivo del seguidor de Jesús. ¡Somos tan torpes para entenderlo!
Hoy estamos celebrando del día del DOMUND, la Jornada Mundial de las Misiones. Hemos de reconocer que los misioneros “ad gentes” son la cara más evangélica de la Iglesia. Digo “ad gentes”, porque todos hemos de ser misioneros allí donde estamos, pero hay algunas
personas que se han sentido llamadas a dejar su lugar de origen para ir a otras tierras a proclamar la Buena Noticia de Jesús. La característica fundamental es que van como quienes sirven, bien en países empobrecidos bien en países donde el Evangelio no ha sido proclamado, es minoritario, cuando no perseguido.
Hemos de reconocer que estas personas, los misioneros y misioneras “ad gentes”, son admiradas por todo el mundo. Al interior de la Iglesia porque nos parece que son las hermanas y hermanos que mejor han entendido el mensaje de Jesús (a pesar de que tal vez hoy sea más fácil, y por lo tanto una tarea más gratificante, que el evangelio sea acogido en muchos lugares de África o Latinoamérica, por ejemplo, que en Europa). También estas personas son admiradas al exterior de la Iglesia. Hay personas que se declaran agnósticas o ateas, pero que sienten una gran simpatía por estas personas empeñadas en evangelizar humanizando o en humanizar evangelizando. Incluso a las personas indiferentes a lo religioso (la gran lacra de la sociedad occidental), no les deja indiferentes la entrega y el servicio de las misioneras y misioneros, que les hace preguntarse: “estas personas, ¿por qué lo hacen?”. Esta pregunta es fundamental para poder anunciar a Jesucristo, para poder responderles no sólo el por qué, sino también el por quién.
Incluso en aquellos lugares de Europa (por lo menos de España), donde la Iglesia es denigrada, en muchas ocasiones identificada reductivamente con la jerarquía, los misioneros y misioneras, por su actitud evangélica de servicio, siguen siendo el buque insignia de la credibilidad del Evangelio.
Nos tenemos que alegrar de que este pasaje del Evangelio, esta parte de la Palabra de Dios, se nos haya regalado mientras se celebra en Roma el Sínodo de obispos para tratar el tema de la “Nueva Evangelización”. Es el mismo Evangelio el que nos da el criterio por el que nos tenemos que regir para la transmisión de la fe cristiana: el camino del servicio. Si nos seguimos empeñando en transitar senderos de poder, da lo mismo que sean políticos, económicos, mediáticos, o de cualquier otro tipo… no hay nada que hacer, el evangelio siempre tiene las de perder, por lo menos si quiere seguir siendo la Buena Nueva de Jesús. Pero el corazón humano es demasiado torpe, o demasiado débil y desconfiado, para entender esto. Confiemos en la docilidad de los padres sinodales para abrirse a la Palabra de Jesús, que hoy nos dice: “…el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos…”. El corazón humano es torpe pare entender estas palabras, pero cuando se hacen vida, se convierten en el mejor testimonio de evangelio para quien lo practica, para la propia comunidad cristiana y para aquellas personas destinatarias del anuncio de la Buena Noticia.
Hoy, 21 de octubre, la comunidad viatoriana celebramos la fiesta de San Viator. El P. Querbes escogió como patrón para la Congregación a este joven lector de la Iglesia de Lyon, que se caracterizó por el servicio a la Iglesia, en la persona de su obispo, san Justo. “La enseñanza de la doctrina cristiana y el servicio a los santos altares” fue la misión que el P. Querbes quiso para los “Clérigos parroquiales o catequistas de San Viator”. En su divisa, “adorado y amado sea Jesús”, nos dejó el fundamento de nuestra misión: oración y contemplación, adoración y compromiso, catequesis y liturgia, servicio a Dios y el servicio al hermano. Servicio a Dios en el hermano… a pesar de la torpeza del corazón humano.



























