COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

14/10/2012

Domingo de la vigésima octava semana del Tiempo Ordinario

Fiarnos de Jesús

Hoy nos puede llamar la atención la primera lectura, cuando el autor nos dice que prefiere el espíritu de sabiduría al poder político (cetros y tronos) y al poder económico (piedras preciosas y oro), incluso que la prefiere a la salud y la belleza, con lo que tiene de aceptación social.

Este pasaje escrito hace poco más de dos mil años, sigue teniendo vigencia contracultural, en una sociedad que sigue exaltando la belleza, según unos cánones de consumo; persigue la salud, a la vez que fomenta modos de vida poco saludables; el ansia desmedida de poseer bienes, sobre todo por parte de los grandes emporios económicos, nos ha llevado a la situación en la que nos encontramos. Denigramos a la clase política, a la vez que seguimos aferrado al voto de siempre, porque “los míos” sí que lo van a hacer bien.

No es que infravaloremos la salud o la belleza. No es que seamos tan ingenuos como para creer que las opciones políticas y las medidas económicas no sean importantes. Pero el autor de la primera lectura prefiere el espíritu de sabiduría a todo eso.

La sabiduría no se identifica con el mero saber racional, intelectual, sino que tiene una componente existencial (ser feliz) y una dimensión ética (ser justo). Sí, ya sé que la salud, la belleza y el dinero pueden ayudar a ser feliz, por lo menos si no se les entrega el corazón. Aunque nos cueste creer se puede ser perfectamente sabio y analfabeto. Si no repasemos cuántas personas conocemos que no eran especialmente letradas ni inteligentes, y, sin embargo, podemos afirmar que son o fueron personas sabias.

La sabiduría bíblica se identifica con aquella persona que ha estado bien plantada en la existencia. Por eso, la persona que la posee se siente plenificada, ha alcanzado aquello que puede anhelar el corazón humano. No necesita más.

Cada vez hay más voces que vinculan la crisis económica a una crisis de valores morales. A la luz de la primera lectura, podríamos decir que hay una crisis de sabiduría. Parece que nos cuesta ser felices. Parece que nos cuesta ser justos. Sobre todo si miramos a la misma crisis económica, que a todos se nos antoja que es fruto de la acaparación injusta de unos pocos, sean personas o instituciones.

Jesús nos advierte de la dificultad que supone el dinero para poder acoger en nuestra vida el Reino.

Lo primero que tendríamos que decir es: ¡qué bueno era el joven rico! Se acerca a Jesús corriendo, tiene prisa por saber cómo hacer el bien que le asegura la vida eterna, cómo estar en sintonía con el proyecto de Dios, para ser plenamente feliz ahora y tener vida definitiva que va más allá de la muerte. Se arrodilla ante Jesús, que era una manera de reconocer que la palabra que saliera de la boca de Jesús era palabra autorizada de parte de Dios.

Jesús pone el acento en los mandamientos que tienen que ver con el prójimo, los de contenido puramente ético: “No matarás, no comentarás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. El evangelio es claro: el comportamiento religioso ha de ser ético.

A esa persona le parece poco, le parece demasiado fácil. Nos dice el evangelio que “Jesús se le quedó mirando con cariño”. Parece que Jesús con la mirada quiere animar su voluntad y su libertad, que se sepa acogido antes de dar respuesta a una propuesta clara: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres… y luego sígueme”.

Hombre bueno y piadoso como era, seguro que no se esperaba esa respuesta. Si le hubiera mandado cumplir los otros tres mandamientos, los estrictamente religiosos, podría haber pasado. Así cumplía toda la Ley, por lo menos en su versión original. Si le hubiera pedido que entregará todo el dinero al Templo habría tenido más sentido, habría sido más lógico. Cualquier judío piadoso lo habría entendido. Pero lo que le pedía Jesús no tenía ni pies ni cabeza: darle los bienes a los pobres. Esta es la novedad que aporta Jesús y que nos cuesta aceptar: que también los pobres son camino de salvación. No se fió de Jesús.

¿Nosotros nos fiamos de Jesús? ¿Creemos que también los pobres son camino de salvación? ¿Estamos dispuestos a despojarnos de nuestras riquezas? ¿Cuáles son nuestras ataduras? ¿A qué, a quién hemos vinculado nuestro corazón?

Comparto la reflexión lúcida de un jesuita catalán, Marc Vilarassau:

“Hubo un tiempo, hace veinte años, en que yo pensé que lo decisivo en mi vida iba a ser la diferencia entre todo o nada. Sentí la urgencia de darlo todo sin reservarme nada, y con ese propósito me fui al noviciado de los jesuitas.

Y aquí estoy, veinte años después, descubriendo que, aunque el fondo es auténtico, las cosas no son tan simples ni las dicotomías tan nítidas.

Recién estrenados los cuarenta, voy cayendo en la cuenta de que la diferencia capital no es la que hay entre todo o nada, sino la que hay entre todo y casi todo.

El problema no es tanto lo que das –que puede ser mucho y buenísimo–, como lo que te reservas – aunque sea poco e insignificante –. Es ese “fondo reservado” el que, de golpe, te pasa factura.

Uno reconoce que ha vivido a fondo, que se ha entregado generosamente, que ha dado mucho; pero, aun así, por poco honesto que sea consigo mismo, descubre como un resto de insatisfacción todavía no exorcizado, una insobornable sensación de que algo falta, de que esa carta que uno guarda disimuladamente bajo la manga tiene también que entrar en el juego, si no quiere que le quede fijada en el rostro esa sonrisa que muestra sólo la mitad del alma.

Y no me refiero a esas reservas legítimas y hasta necesarias (si uno no quiere fundirse más que darse); me refiero a esas reservas mezquinas, esa calderilla existencial que guardamos en una caja, no como acopio para darse mejor, sino como reserva para no darse tanto.

Me refiero a nuestro tiempo sagrado, a nuestro espacio inviolable, a nuestras manías intocables, a nuestros secretos irrevelables, a nuestros pequeños vicios inconfesables, y también a las mentiras que decidimos creernos para blindar esos “fondos” de toda injerencia ajena y de toda conversión posible.

Es entonces cuando caes en la cuenta de que ese tipo de reservas son trampas que nos tendemos a nosotros mismos, como aquél que por miedo a caer en una trampa cae en otra mayor.

Si alguien te dice que a los cuarenta te desengañas, no le creas: no es que te desengañes, sino que ya no te engañas, que no es lo mismo. Por supuesto, uno puede seguir engañándose durante cuarenta años más, pero no vale la pena.

Aún estamos a tiempo de echar esa calderilla existencial sobre la mesa y sumarla al resto. Poco o mucho, eso es lo que tenemos y eso es “todo” lo que podemos ofrecer. Quizá no más, pero tampoco menos”.

Si queremos ser felices, si queremos ser justos, si queremos sentir que estamos bien plantados en la existencia, es decir, que hemos entrado en la dinámica de la sabiduría: invitación a no reservarnos, a fiarnos de Jesús.

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