07/10/2012
Domingo de la vigésima séptima semana del Tiempo Ordinario
El amor de pareja es posible
El tema del evangelio de hoy, sobre el divorcio, no es algo nuevo, no es un tema “moderno”, como no lo son las desavenencias matrimoniales. Cierto es que el divorcio, tal como lo entendemos hoy, ha sido una “conquista” reciente. Sin embargo, es un tema que ya se planteaba en tiempos de Jesús.
Hoy aceptamos como normal las separaciones y los divorcios. Hemos normalizado el fracaso en la relación de pareja. Es más, en algunos casos, lo hemos convertido en espectáculo: cadenas televisivas que han hecho del morbo su mercado, dispuestas a contarnos con pelos y señales, a cualquier hora del día o de la noche, los episodios más conflictivos de algunas parejas, unas famosas y otras no. No es raro ver denigrarse mutuamente “en vivo y en directo”. Poco a poco vamos introyectando que ése es el modelo normal de pareja y ése es el modelo normal de relación.
La familia ordinaria, ésa que en medio de las dificultades de cada día convive con normalidad, no es noticia. El ser feliz con la persona a la que se ama, no es noticia. El sentirse feliz junto a la persona a la que se ha elegido para compartir la vida, no es noticia. La única noticia que “vende” es la de la infidelidad o la del fracaso.
En el evangelio vemos como unos fariseos, queriendo poner a prueba a Jesús, le preguntan si “le es lícito a un hombre divorciarse de su propia mujer”.
Para nuestra mentalidad actual la postura de Jesús sobre el divorcio nos puede parecer muy exigente. De suyo los rabinos de aquel tiempo eran mucho más permisivos. Unos, permitían el divorcio por cualquier motivo que fuera interpretado como “desagradable” por el marido. Otros, sólo lo permitían en caso de adulterio. Sea como fuere, eran los varones los que dictaban sentencia y tomaban las decisiones.
De una lectura rápida de lo que les dice a los discípulos cuando están en casa, “si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera; y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”, podríamos concluir que Jesús está reivindicando la igualdad fundamental entre el varón y la mujer: si el divorcio es bueno, si es el camino que ha de tomar el fracaso matrimonial, la frustración del proyecto de vida compartido de una pareja, la iniciativa la puede tener cualquiera de las dos partes: el esposo o la esposa.
Sin embargo, lo que Jesús está reivindicando es más radical, ya que está apuntando al ideal del Reino, al sueño de Dios sobre la humanidad y, más concretamente, sobre el amor humano. De ahí su referencia al momento primordial, al paraíso original, donde todavía no se daba la “terquedad”, la dureza de corazón.
Jesús está reivindicando la propuesta de Dios, el amor humano de pareja como camino de felicidad. Que es difícil de recorrerlo, ya lo sabemos. El amor, como todo lo valioso de nuestra vida, además de acogerlo como don (que es lo que realmente es), es también tarea y fruto del esfuerzo, de la perseverancia, del empeño, de la lealtad, de la fidelidad,…
Sabemos cuál es la realidad. Sabemos la cantidad de fracasos que se dan en la relación de pareja, sea antes o después del matrimonio; sea matrimonio canónico o civil.
Sabemos que detrás de cada fracaso hay un drama humano, en el que sufre la propia pareja, pero que salpica a las hijas y a los hijos cuando los hay. Los que trabajamos con preadolescentes y adolescentes sabemos del purgatorio por el que tienen que pasar algunos de ellos hasta saber a quién pertenecen, porque cuando el desamor se instala en una pareja, ya no se capaz de reconocer lo “nuestro” ni siquiera en los propios hijos, que pasan a ser “míos y solamente míos”.
¿Qué hacer en esos casos? Recordar el principio de la misericordia, tan propio de Jesús, sin olvidar el ideal de Reino, y en este caso el sueño de Dios sobre el amor humano.
La Iglesia no es una madrastrona que se empeña en mantener unido lo que ya está roto, que se regocija en no dar una segunda oportunidad a aquellas personas que han fracasado soberanamente para que puedan rehacer su vida. Pero la Iglesia tampoco puede aceptar acríticamente los valores sociales que se van imponiendo, también en relación a como vivir el amor humano de pareja.
Si los cristianos no asumimos que es mejor el amor que el desamor; si no asumimos que el
conflicto es parte de la existencia; si no asumimos que la práctica del perdón es lo propio de la praxis de Jesús, y por tanto nuestra; si no asumimos que la separación es el camino final después de haber andado todos los posibles hacia la reconciliación… ¿qué es lo que ofrecemos de diferente a los demás? ¿creemos que es posible la comunión en la alteridad, en la diferencia?
La Iglesia sabe muy bien que el matrimonio es sacramento, el amor humano de pareja nos recuerda el amor que tiene Dios a la humanidad, el amor de Cristo a su Iglesia… cada proyecto matrimonial frustrado nos recuerda la incapacidad de la humanidad de acoger el amor de Dios, la incapacidad de la Iglesia de acoger el amor de Cristo. Por eso es tan importante el “éxito” del amor humano.
No podemos renunciar al ideal del amor con minúsculas… para que no se nos haga imposible creer en el Amor, con mayúsculas.
La cuestión no es solo divorcio sí o divorcio no. La cuestión es creer o no que el sueño de Dios se pueda realizar en la historia. La cuestión es creer o no que el amor de pareja es posible.



























