30/09/2012
Domingo de la vigésima sexta semana del Tiempo Ordinario
Compartir el compromiso por la justicia
Seguro que la lectura de la carta del apóstol Santiago, no nos ha deja indiferentes: es dura, hasta en el lenguaje, y actual (sobre todo para los lugares en los que hasta hace bien poco hemos vivido en la opulencia, sin percatarnos de que otras personas podrían estar sufriendo para asegurar nuestro bienestar).
La carta de Santiago arremete contra los ricos, denuncia de manera especial a aquellos que se han hecho ricos sin ningún escrúpulo, se aprovechas del trabajo de los demás, su ley es la injusticia: “El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han segado hasta el oído del Señor de los ejércitos”. Este texto se parece mucho al otro del Éxodo que dice: “El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto como los tiranizaban los egipcios… voy a librarlos de la opresión del faraón…”. En este acontecimiento histórico se va a fundamentar la fe de Israel. Dios es un Dios liberador, también de las opresiones históricas y económicas.
Antes de que Marx hablara de la plusvalía y de alienación del trabajador, ya los santos Padres lo denunciaban. Por ejemplo, san Basilio va a decir: “Así son los ricos: se apoderan los primeros de lo que es de todos y se lo apropian, sólo porque se han adelantado a los demás… Si cada uno se contentase con lo indispensable para atender a sus necesidades y dejara lo superfluo a los indigentes, no habría ricos ni pobres”. Antes que estos, los primeros seguidores de Jesús lo veían claro: “Vuestra riqueza está corrompida… vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados… ¡habéis amontonado riqueza…”.
La carta de Santiago es totalmente actual. La crisis económica y financiera, “la estafa a gran escala” que le llaman algunas personas, está afectando de manera especial a los más
débiles. Esto vale para los llamados países desarrollados como para los otros, aunque en estos últimos la realidad es más sangrante, porque afecta a más personas, con más intensidad y de forma más sostenida en el tiempo.
Hablamos de la quiebra del estado de bienestar, protestamos por los recortes sociales que se están dando, porque se están perdiendo de forma patente derechos conquistados los últimos decenios. Pero hay un derecho que fractura claramente a nuestra sociedad: el acceso o no a un puesto de trabajo. Lo decimos, y es verdad, que quien tiene trabajo, todavía vive bien, incluso muy bien: porque sigue teniendo acceso al consumo, muy importante, y, sobre todo, porque le permite tener un proyecto de vida, tener un mínimo de autonomía personal o familiar que de otra manera no puede desarrollar.
Las palabras de Benedicto XVI, en la encíclica Caritas in veritatem, al respecto son luminosas e iluminadoras: “El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual” (nº 25). En este mismo número y en el 32, el Papa va a recordar que “el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad”. En el nº 38, recordando lo dicho por Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis, va a afirmar que “la solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos”.
Esto empalma con uno de los mensajes del evangelio que hemos escuchado: “No se lo impidáis (echar demonios), porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Tenemos que sumar en la solidaridad humana a favor de todo aquello que sea proyecto evangélico.
Una de las misiones más importante del cristiano es la de expulsar demonios. Es decir, derrotar, hacer desaparecer, todas aquellas fuerzas y actitudes que se opone a la voluntad de Dios, al proyecto del Reino, sea a nivel individual o social. Otras personas, desde otras perspectivas y con otra mística, están también en esa tarea. Por eso, en esta misión podemos cooperar muchas personas y colectivos, católicos o no, cristianos o no, creyentes o no. Por ejemplo, ya hace muchos años se creó la plataforma “pobreza cero”. En la misma participaban ONG de todo tipo, sindicatos y grupos sociales, grupos ecologistas y scout, congregaciones religiosas y secretariados diocesanos. En este tipo de plataformas, en las que se pide que se gestiones las medidas adecuadas para que toda persona pueda vivir con dignidad, se cumple la palabra de Jesús: “el que no está contra vosotros está a favor vuestro”.
Las cristianas y los cristianos estamos llamados a testimoniar con nuestra vida, nuestro compromiso a favor del proyecto del Reino. Es así como la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en sacramento de salvación para el mundo.
Tenemos que trabajar con otras personas e instituciones. ¿Con todas? El criterio de discernimiento es claro, con aquellas que estén por la labor de “expulsar demonios”, es decir, de combatir el Mal en todas sus formas, combatir todo aquello que nos impida vivir como hijas e hijos de Dios. Se impone el discernimiento, porque el Mal se encarna de muchas maneras, su presencia no siempre se nos hace evidente. En los tiempos que nos toca vivir, el modo de encarnar el evangelio, luchar contra el Mal que atenaza a muchas personas, es compartir el compromiso por la justicia.



























