23/09/2012
Domingo de la vigésima quinta semana del Tiempo Ordinario
Ser cristiano: vocación de servicio
En el evangelio de hoy nos encontramos con el segundo anuncio de la pasión que hace Jesús a sus seguidores. Este segundo anuncio tiene el mismo «éxito» que el primero. Ninguno. No le hacen ni caso. ¿A la tercera irá la vencida?
En el primero, que escuchamos el domingo pasado, nos encontramos con un Pedro que no quiso, ¿no pudo?, escuchar en qué consistía el mesianismo de Jesús, su propuesta salvadora. Se quedó paralizado por el miedo al escuchar de boca de Jesús lo del juicio y la condena. Ya no pudo, ¿no quiso?, escuchar lo de la resurrección. Algo controvertido en tiempos de Jesús, puesto en duda también en nuestros días. Además era una promesa en la que había que activar la confianza y la esperanza: aplazada por tres días.
El evangelio de hoy es todavía más claro: nos dice que no entendían lo que quería decir. No sabemos si no podían o no querían. Lo que sí nos dice el evangelio muy claramente es que, aunque no entendían lo que les quería decir Jesús, les daba miedo preguntarle. ¿Qué temían? ¿A quién temían? ¿A Jesús o a la respuesta?
Hemos de suponer que a Jesús no. Porque si fuera así, vaya cuadrilla de energúmenos, que estaban siguiendo a un personaje al que temían. ¿O es que también se puede sustentar el seguimiento en el miedo? Está claro que la creencia se ha sustentado durante muchos siglos en el miedo, casualmente en el miedo al juicio y a la condenación. El seguimiento no se puede sustentar en el miedo, no por lo menos en el miedo a Jesús.
Si no temían a Jesús, ¿tal vez temían la respuesta? ¿Qué es lo que les podía responder Jesús? Lo que ya les había dicho anteriormente: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”. ¿Qué les iba a responder Jesús? ¿Que se atrevieran a vivir las bienaventuranzas si es que querían ser dichosos? ¿Qué se pusieran en dinámica de juicio final, de compasión con el prójimo en necesidad, para experimentar el ser benditos de Dios?.
Pues sí, eso es lo que les iba a decir Jesús. Por eso les es más fácil no entender, temer y no preguntar. Eso me recuerda lo que suelen decir algunas personas, tal vez lo hemos dicho todos en alguna ocasión, “yo tengo miedo de preguntarme y preguntarle a Dios que quiere de mí, no sea que no me guste la respuesta, que sea mucho lo que me pide, que me comprometa”.
El camino que nos presenta Jesús, el del servicio, no es fácil, nos parece misión imposible, más en una sociedad altamente competitiva como lo es la nuestra. No sé si en otras culturas y en otras sociedades es más fácil asumir la invitación evangélica a hacer del servicio nuestro estilo de vida. Entre nosotros no. Estamos demasiados acostumbrados a que hay que ser el primero, hay que ser más que el otro (y si no lo somos, por lo menos aparentar que somos lo somos). Seguir a Jesús, intentar vivir el evangelio, es una locura, o por lo menos una desmesura: optar conscientemente por renunciar al éxito, a la fama, al poder… Porque lo que nos está pidiendo Jesús en el Evangelio no es sólo el que asumamos el “no-poder” (como lo hacen las personas inhibidas de forma natural). Lo que nos está pidiendo Jesús es mucho más radical: que optemos conscientemente por el “no-querer-poder”.
Como algunas personas me dicen que les cuesta seguirme, porque no pongo ejemplos, vaya uno que nos afecta directamente y ante el que hay que posicionarse: que siendo más cómodo para mí que haya menos personas esperando a que les atienda un médico, porque han quedado fuera del sistema sanitario, porque son migrantes ilegales, por ejemplo, reivindique que sean atendidas, aunque no hayan cotizado a la Seguridad Social. Algo tan sencillo como eso es lo que nos pide el evangelio, cuando lo entendemos en clave de servicio. ¿Pagar solo algunos lo de todos? Sí. Los privilegiados que tenemos empleo y sueldo asumimos las cargas de aquellas personas que hemos dejado fuera de nuestro sistema. Es así como acogemos a los “niños”, es decir, a los vulnerables, a los empobrecidos,… Es así como acogemos a Jesús y al que lo ha enviado.
¿No podemos pactar y quedarnos a medio camino? Claro. Es lo que hacemos habitualmente. En esto trato de seguir el Evangelio. En aquello me olvido de él. En lo otro me justifico diciendo, “la incoherencia es parte de la condición humana, siempre habrá una distancia que no se puede recorrer entre nuestro deseo de vivir el Evangelio y poder vivir realmente”;… Además nos ponemos a mirar a nuestro alrededor y podemos buscar muy buenas excusas: si ni los curas y las monjas lo viven… o los obispos… o el campanero del pueblo,… es lo mismo, porque al final podemos buscar una buena razón para no intentarlo de verdad.
Es cierto, no es fácil vivir la propuesta de Jesús, tratar de recorrer el camino del servicio. Pero el otro camino, el del no-servicio, el del poder, a la larga no tiene salida. El camino del poder siempre acaba mal, hasta en el evangelio, que nos ha dicho que «iban discutiendo por el camino». No iban hablando, dialogando, confrontando ideas de modo pacífico, no, “iban discutiendo” sobre quién era el más importante. El camino del poder siempre hambrea poder y se tiene que defender de otros que también hambrean poder. Si esto no lo entendemos, encendamos la radio, pongámonos frente al televisor, cojamos un periódico o busquemos noticias al azar en internet,… da lo mismo que sea sobre política, sobre economía o sobre deporte, sobre todo si es de élite. Si somos más píos, releamos la carta de Santiago: “¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis de envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra”. Parece que también les costaba el camino del servicio a las primeras comunidades cristianas.
El poder puede servir para muchas cosas, por lo que podemos comprobar no para acrecentar la bondad en las personas. Objetivo que se consigue por la vía del servicio.
Ya sé que puede surgir la pregunta, ¿quién puede con esto? Nadie. No por lo menos a base de voluntarismo. El camino del servicio no se recorre desde uno mismo, sino desde aquel que nos ha llamado a recorrerlo, aquel que “se ocupa de nosotros”, que nos ha dicho el libro de la Sabiduría. En actitud de servicio sólo nos podemos poner desde la confianza de que “el Señor sostiene mi vida”, que hemos dicho en el salmo responsorial. En dinámica de servicio sólo nos podemos poner si nos sentimos llamados a ello. Ser cristiano, ser cristiana, es una vocación de servicio.



























