16/09/2012
Domingo de la vigésima cuarta semana del Tiempo Ordinario
¿En qué, en quién creo yo?
Las encuestas están de moda. Todo el mundo pregunta.
Unos quieren saber cuáles son nuestros intereses, cuáles son nuestras necesidades,cuáles nuestros gustos, cuáles nuestros… para convertirnos en destinatarios de sus productos, objetos de sus mercados. Se habla cada vez más de la evangelización de los sentidos.
Otros quieren saber cuáles son nuestras inclinaciones políticas, nuestros planteamientos ideológicos,… sobre todo, quieren saber nuestra intención de voto. Lo estamos viendo todos los días, sobre todo con las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, también en otros lugares más pequeños, como pueden ser las de la Comunidad Autónoma del País Vasco, en las que está mucho en juego. La participación política es un acto lo suficientemente transcendente como para que lohagamos a la luz del evangelio, no sólo desde la ideología personal.
Las encuestas están de moda. Todo el mundo pregunta.
Los que nos hemos ido habituando a la gestión por procesos y a la mejora continua dela calidad, tan presente no sólo en el mundo empresarial y educativo, sino también cada vez más en el mundo pastoral, también preguntamos. Queremos saber si vamos haciendo bien las cosas, si se van consiguiendo los resultados esperados, si se van cumpliendo los plazos señalados, si nuestros planes estratégicos eran, además de acertados, adecuados. Siempre nos queda la duda de si hay correspondencia entre lo que nos dicen las encuestas y la conversión que acontece, pero eso, gracias a Dios, no lo podemos controlar.
Las encuestas están de moda. Todo el mundo pregunta. También Jesús. Está en la mitad de su misión. Es un buen momento para evaluar lo realizado hasta ahora y la repercusión que ha tenido en la gente, sobre todo en los más allegados, aquellos que tendrán que continuar su obra y a su modo cuando él ya no esté físicamente entre ellos, aunque les acompañe su Espíritu.
Jesús percibe el aparente éxito de su misión: la gente le sigue; todo indica que su mensaje y su praxis están siendo acogida. No podía ser de otro modo: sus palabras rezumaban vida nueva y las palabras antiguas de los profetas se empezaban a cumplir con los signos que le acompañaban. La gente en su asombre exclamaba: “todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”, que escuchábamos en el pasaje evangélico del domingo pasado.
Pero Jesús no se conforma con las apariencias. No quiere el éxito fácil. No es un charlatán de feria que quiere embaucar a la gente con un discurso cálido y envolvente. Lo de Jesús no va por ahí. Jesús tampoco es un curandero que se quiere aprovechar de su éxito y de su fama. Lo de Jesús es otra cosa. Está en juego el modo en que vive a Dios y lo que percibe que es el proyecto de Dios para la Humanidad, el Reino.
Porque no se conforma con las apariencias, porque quiere aclarar expectativas, despejar dudas y superar prejuicios, porque quiere confirmar qué es lo que está acogiendo la gente, a quién es al que están siguiendo, es por lo que hace una pregunta directa: “¿quién dice la gente que soy yo?”. Las respuestas no podían ser más halagüeñas: Juan Bautista, Elías, uno de los profetas, incluso el mismo Mesías. ¿Qué más podía esperar Jesús?. Se podría haber conformado con esto: estaba respondiendo con creces a las expectativas de la gente. Sin embargo, Jesús, lejos de conformarse empieza a instruirles, y les hace salir de sus prejuicios.
Sí, es el Mesías Salvador, el esperado desde todos los tiempos, el anunciado por los profetas, el liberador de Israel. Sí, es él, pero no como ellos se lo imaginan. Su proyecto salvador no es según los planteamientos humanos (a Jesús no le podrían decir como a Messi, por ejemplo, “tú eres Dios”). Lo de Jesús no pasa por el éxito según los parámetros humanos, que huye de todo conflicto, de toda confrontación, de toda apuesta seria por la verdad, por la justicia, por la libertad,… desde el amor.
La reacción de Pedro es humana, muy humana. No quiere, ¿o no puede?, escuchar el mesianismo de Jesús. Oye hablar de condena y de ejecución, y el miedo le paraliza. Ya no quiere, ¿no puede?, escuchar más. Ya no ha escuchado que resucitará al tercer día, a pesar de que se lo explica con toda claridad.
Pedro se queda a las puertas de la muerte. Ya no puede más. El sufrimiento le ha embotado los oídos. Ha caído bajo las garras del mal. Ése es el poder del mal en todas sus formas, sea a nivel personal o social: puede llegar a paralizarnos. Ése es su engaño y su estratagema para desmovilizarnos, sea en el crecimiento personal sea en la transformación social. Sin embargo, Jesús nos dice que no tiene la última palabra, la última palabra la tiene la resurrección… pero hay que escucharla y hay que esperar “al tercer día”.
Pero el tercer día hay que esperarlo junto a Jesús, para que sea una espera paciente y confiada. Al mal hay que mirarle de frente, pero junto a Jesús, para que no nos destruya. La cruz de cada día, la vida, la tenemos que coger junto a Jesús, y seguirle por sus caminos, también por aquellos que aparentemente nos conducen a la cruz y a la muerte, si queremos alcanzar la salvación.
Ésta es la dificultad de la propuesta de Jesús, que nos pide que “perdamos” la vida por el Evangelio, es decir, que nos demos plenamente. La cruz que tenemos que coger cada día es la de atrevernos a vivir la bienaventuranzas, si es que queremos ser dichosos. La cruz que tenemos que coger cada día es la de ponernos en dinámica de juicio final, de compasión con el prójimo en necesidad, para experimentar que somos benditos de Dios. La cruz que tenemos que cargar cada día es que nuestra fe tiene implicaciones concretas en nuestra vida ordinaria, que tenemos que cargar con la realidad y encargarnos de ella, ya que por nuestras obras también probamos nuestra fe.
Al invitarnos a tomar la cruz, Jesús no nos está invitando al sufrimiento, sino a que andemos el camino del amor. El amor nos pide vaciarnos de nosotros, para que el otro pueda entrar en nuestras vidas. El amor nos pide descentrarnos, para poder ver la realidad también desde el otro y sus circunstancias. El amor nos pide asumir el sufrimiento personal para liberar al prójimo del suyo. El amor nos pide salir de nuestra comodidad para solidarizarnos con las reivindicaciones justas de nuestros conciudadanos.
Pero todo esto es discurso vacío si antes no nos preguntamos, si no te preguntas tú, si no me pregunto yo: “¿en qué o en quién creo yo?”.



























